Buenos Aires. Argentina.

Capítulo del libro "1441" de María Maratea (work in progress)



Capítulo de "1441" el nuevo libro de María Maratea 

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Manuel - El Gitano

 "Mirarlo fijo daba vértigo, nunca había visto unos ojos negros tan negros"


          Capítulo IX

 
Seguimos conectándonos por el chat de Yahoo, todas las noches, durante casi un mes.
Así supe que estaba solo, que no tenía hijos, que vivía con su mamá de 70 años que sufría el mal de Parkinson y que su papá había muerto hacía mucho de cáncer. Que se llamaba igual que su abuelo quien había sido un alto funcionario del primer gobierno de Perón. Que su abuela era húngara, y que él había salido con sus mismos ojos negros y el mismo pelo oscuro y enrulado. 
Se llamaba Manuel. Le decían “El Gitano”.
Un día me mandó una foto. Era hermoso, mucho más lindo de cómo lo había imaginado.  Quedamos en encontrarnos. No tuve miedo, al contrario.  Tenía ganas de conocerlo personalmente. Nos citamos un sábado a la tarde en la confitería El Greco, en Primera Junta, a unas cuadras de mi departamento.
Llegué unos minutos tarde. Estaba tan nerviosa. Lo vi sentado a una mesa. Me paré en la puerta y me quedé mirándolo a ver si me reconocía. Me miró y se sonrió. Le hice unas señas algo simpáticas como preguntándole si me quedaba o si me iba. Me llamó, con la mano,  para que me acercara. Entré. Le di un beso y me senté a su lado. Hola, me dijo. Qué linda que sos. Hola, le dije. Gracias. Él era lindo. Tenía puesto un pulóver de hilo blanco, escote V, y en el cuello un cordón ajustado con una moneda cubana. Me encantó ver esa moneda en ese cuello ancho, casi dórico.
Me agarró la mano y me preguntó qué quería tomar: un café, dije. Él ya había tomado uno mientras me esperaba pero volvió a pedirse otro. Estuvimos hablando un rato bastante largo de nosotros: de cómo me amaría si me tuviera en ese momento en un lugar íntimo, de los besos que me daría... “Tenés una cara… una boca… me encantás, me enamoré de tus ojeras”, dijo apretándome la mano. 
Mirarlo fijo daba vértigo, nunca había visto unos ojos negros tan negros. Las cejas espesas, las pestañas parecían pintadas. Y esos surcos a los costados de la boca tan marcados, iguales a los de Totó.
En la puerta de mi casa, quedamos en encontrarnos al otro día, domingo, a las tres de la tarde. Nos despedimos con un beso en los labios. Creí que no iba a venir pero llegó puntual, escuché el timbre y casi que me desmayé. Volví a acomodar las fresias en el jarrón. “Ya bajo” dije por el portero eléctrico. Desde el décimo piso, el ascensor no terminaba de bajar nunca. Mientras, me daba el último OK frente al espejo. Me había puesto la misma ropa de la foto que le había mandado por el chat. Me acomodé el pelo y con los dedos hice presión sobre las ojeras. Estaba parado justo frente a la puerta. Lo podía ver a través  del vidrio. Mi corazón a punto de estallar. ¿Y si ahora me da un infarto? no no no no no nononononono.
Mientras me acercaba a la puerta, lo veía mirarme de arriba a abajo.  Abrí.  Sereno subió los dos escalones. Me dio un beso en los labios. Sin decir nada llegamos hasta el ascensor que estaba en el noveno. Pero quien lo llamó ahora qué hago qué digo.
―¿Estás bien?, fue lo primero que dijo.
―Sí, muy bien, dije. ¡Qué calor!
―Y, sí, en diciembre por lo general suele hacer calor―, dijo sonriendo.―¿No te vas de vacaciones?
―Recién en abril, a Mar del Plata. Amo la playa cuando no hay nadie. Me encanta ir cuando todos vienen.
―Te gusta ir a contramano.
―A veces. Esa, por ejemplo, es una de las veces―, contesté sonriendo. ¿Cómo sigue esto? Cómo me mira… ¿qué hago cuando entremos? Nada. Yo no tengo que hacer nada. Que haga él.
Llegó el ascensor con mi vecina del piso de abajo.  Curiosa lo miró al Gitano, me miró a mí y saludó apenas con un movimiento de cabeza.
―Hola buenas tardes, qué tal―dije incómoda. Me molestó que me viera. Era la primera vez que llevaba un hombre a mi departamento y no quería que los vecinos creyeran cualquier cosa de mí.
Había que ocupar el silencio insoportable del ascensor y le empecé a contar:
―Esta mina es rarísima. Se la pasa diciéndome que no haga ruido. Que no corra los muebles de noche. Y yo no corro ningún mueble.  Es medio extraña.
―Tiene pinta media rara, ¿no? Escuchará espíritus…
―Ay ¡no! No me digas así que me asusto. Prefiero  creer que está loca.
―Bueno ― dijo largando una carcajada―,  si escucha espíritus muy cuerda no está.
Entramos al departamento todavía riéndonos de su respuesta. Apenas cerré la puerta me agarró de la cintura, me apretó fuerte contra él  y empezó a besarme en la boca. Me pareció muy rápido. Le preguntaba: “¿qrs tmr lgo, umté, umcfé?”. Pero él seguía besándome, desencajado. Me asusté, hasta que por fin me soltó.
― Qué ganas que tengo de comerte a besos. Me encanta esa boca. Esos labios hinchados…Esas ojeras…Sí. Tomemos café, ¿querés? Te voy a arrancar ese tatuaje con los dientes ― dijo mirando mi hombro derecho― ¿Qué es?
― Un perrito.
― Sí, ya veo, pero por qué. ¿Tiene algún significado?
―No.
―Te gustan mucho los perros.
―No.
―Un perrito que tuviste.
―No.
―Bueno, perdón, de curioso nomás quería saber.
Yo preparaba café. Él miraba mi tatuaje.  Después se puso a hablar sobre los pisos altos: que era más lindo vivir cerca del cielo, que la vista panorámica, que el poco ruido, que la buena ventilación, que la luz natural y no sé cuántas cosas más.
Empezó a besarme de nuevo. No puse resistencia. Fue ahí, sobre la mesada de la cocina donde me tuvo como dos horas llenándome de besos y de caricias. Sabía lo que hacía. Me daba demasiado tiempo. No hubo centímetro de mi cuerpo por donde no pasó la lengua.
Fue allí mismo, después, mientras calentaba el café, donde me dijo que no quería compromiso porque “las relaciones con compromiso siempre terminan mal”. Y tenía razón.
Fuimos al living. Nos sentamos en el sillón blanco.
―Qué lástima que ya me tenga que ir. Me gustaría quedarme. Se está muy bien acá. Es muy cálida tu casa, da mucha paz este lugar. El crucifijo te protege, ¿verdad?
―Sí.
―Le he pedido tanto a Dios que al final oyó mi voz  por la noche a más tardar yendo juntos a la par...―canturreaba.
Terminó el café, se levantó del sillón. Me agarró de las manos, me hizo parar, me acercó de nuevo contra su cuerpo y volvió a besarme en la boca. ―Lo pasé muy bien Lola. Quiero que volvamos a vernos. Nos hablamos en la semana, ¿vos querés?
―Bueno.
―Yo te llamo y arreglamos para encontrarnos.
Lo acompañé hasta abajo. En el ascensor me besaba el tatuaje.
―Qué linda que sos.
―Vos también sos lindo.
Abrí la puerta de calle, bajó los dos escalones, se dio vuelta para volver a despedirse.
―Chau linda. Te llamo.
   ―Chau ―dije mientras se iba.
Sosteniendo la puerta con mi cuerpo grité:
―¡Es el perrito de San Roque!
Se dio vuelta para mirarme:
―¿Qué?
―¡El tatuaje, me proteje de todos los perros les tengo terror!
Volvió. Subió otra vez los dos escalones negando con la cabeza. Me apretó los cachetes de la cara con una mano:
―Sos divina.
Me dio otro beso en la boca y se fue. Me quedé mirándolo unos segundos. Qué espalda.  Qué linda camisa. Qué bien le queda el color blanco. Qué buen jean. Qué caminar canchero.
Lo primero que hice cuando entré a casa  fue bajar de internet la canción de Pappo. Lo escuché hasta gastarlo: “Sé su nombre sé su edad  y sus gustos en la intimidad cuando un corazón se entrega y el mañana nunca llega que más puedo hacer…”
Pensé que todo había sido un circo, que yo no le gustaba nada y que me había dicho cosas lindas nada más que por compromiso, para que no me sintiera mal. Me pareció tan tonto confesarle lo del tatuaje que pensé que lo había hecho para espantarlo. Me daba tanto miedo una posible relación que quería que todo se terminara rápido. Pero me falló. Me llamó al otro día y al otro y al otro y al otro.
Empezó a venir a casa los lunes y miércoles a la noche y los sábados a la tarde. Nunca se quedaba  más de tres horas, decía que su mamá siempre necesitaba alguna cosa, y que si le pasaba algo cuando él no estaba se iba a sentir culpable. Me pareció tierno que alguien dijera eso de su mamá.
Los viernes y sábados a la noche siempre lo contrataban para hacer sonido en algún espectáculo, pero igual nos mensajeábamos. Y un sábado a la noche que no tenía que trabajar, se quedó a dormir en casa.  Fue la clave para que me enganchara aún más.  Si un tipo está libre un sábado a la noche, es porque está solo.
Me llamaba todos los días. Yo no lo llamé nunca, sólo le mandaba mensajes, no quería molestarlo. No quería que se sintiera invadido por mí. Dos meses estuvimos así. Esa Navidad y ese Año Nuevo, después de las doce, cuando los celulares colapsan, me llamó a la casa de mi amiga Vitti y tuvimos largas  charlas.  Lo más emocionante  fueron los regalos de Papá Noel: yo le compré una remera blanca que tenía pintado en negro, la moto y la firma de Pappo, y él me terminó de enamorar cuando me entregó su regalo: una bombita de nieve con la imagen de San Roque y su perrito bueno.
Helena y Vitti, opinaban:
―Bastante pelotudo para vivir con la mamá―, decía Helena. ― ¿Cuántos años tiene?
―Cuarenta.
―¿Y vive con la mamá?,  mmmmm…―decía Vitti.
Un sábado de enero, me invitó al cine a ver Los hombres que no amaban a las mujeres. Hacía un calor insoportable como para andar por la calle en plena tarde. Pero él sabía que yo me había leído la saga Millennium, que había visto las tres películas suecas y que estaba esperando ansiosa  la versión yanqui, así que ya había sacado las entradas.
Justo cuando salíamos de verla, listos para comentarla, una rubia flaca de pelo corto con flequillo y ojos muy claros, se nos plantó adelante.  Parecía una modelo. Lo miró de una manera como jamás vi. Le dio un cachetazo tan fuerte que la saliva del Gitano me salpicó la cara. “¿Y con ésto me cagás?, dijo mirándome con desprecio. Él la agarró de la mano y la arrastró para la esquina. Me quedé dura. Vi a la mujer subirse a un taxi y a él venir corriendo hacia mí. Con un brazo me apretó a su cuerpo. “Vení, vamos a tomar un café. Tengo que hablar con vos”. Me llevaba casi alzada. Me metió en un bar, me sentó a una mesa y pidió dos café. Tenía la mejilla roja y el ojo le sollozaba. “Perdón Lola, perdón. Mil veces perdón”, repetía.
Apenas pude decir: “Sos casado”…
Me dijo que sí. Que estaba esperando el momento para decirme la verdad. Que no me quería mentir. Que vivía con su mujer, que se había casado hacía ocho años y que tenían dos hijos. Que no sabía cómo decírmelo. Que esa relación ya estaba terminada, que ya no estaba enamorado, que quería separarse. Que ella no quería asumirlo. Que lo perdonara por favor. Y que se había enamorado de mí.
Me pidió tiempo. “En un par de meses arreglo mi vida y me quedo con vos para siempre. Esperame Lola, por favor te lo pido”.
Lo hubiera esperado.
De no haber sido porque supe que su madre estaba muerta, que su abuelo había resultado ser apenas un candidato a concejal en un pueblo perdido de la provincia de Buenos Aires y que su mujer estaba embarazada de dos meses.
Fue tan fácil enterarme de todo. Guiada por Helena, me abrí un Facebook como Eva Thompson, cualquiera. El Gitano me aceptó enseguida, seguramente atraído por la foto de perfil: una que encontré en internet de una morocha medio de espaldas a la que se le notaba bien el culo. No podía ver lo que él publicaba, pero sí a sus amistades. Busqué a la rubia de flequillo que sí tenía el muro abierto y a quien todos felicitaban por su reciente embarazo. Era hermosa. Y era modelo. Trabajaba para una agencia española. Tenía fotos en todas partes del mundo. El círculo me iba cerrando. Ella viajaba, por eso él disponía de tiempo libre. A los hijos se los cuidaba Marian, una Nana que salía en casi todas las fotos que la rubia no paraba de publicar. El marido no aparecía en ninguna pero los comentarios felicitaban a ella y a un tal “Manolo”. Seguí mirando las publicaciones de la modelo, hasta que llegué a julio del 2010. Cuando vi las condolencias por la muerte de su suegra, me di cuenta de que, si quería, tenía el mundo en mis manos. Me pareció tan raro y tan genial poder enterarme de la vida de la gente tan fácilmente, que me sentí a un paso de Lisbeth Salander (*).
Busqué en Google Manuel Calcedo, no encontré al Gitano, pero sí al “alto funcionario de Perón” en una vieja lista como candidato a concejal de Arribeños un pueblo en el partido de General Arenales, en la provincia de Buenos Aires. La capital del Pejerrey.
(*) Lisbeth Salander: protagonista femenina de la trilogía Millennium, de Stieg Larsson.
Juntos a la par- Pappo

CARDEI (Galerna-2002)

CARDEI
María Maratea (Galerna 2002)


Prólogo de Luis Gusmán


Como todo cantor de tangos Luis Cardei tuvo un sueño: mirarse en el espejo y encontrarse parecido a Gardel. Alguna vez contó ese sueño en el escenario: levantaba las cejas, abría grande los ojos y pronunciaba los nombres arrastrando la ene a la manera francesa. Pero además, a partir de la biografía escrita por María Maratea, nos enteramos de que al mito gardeliano se agregaba la idea trágica de morir como Gardel, en un accidente de avión.
Luisito no tuvo esa suerte: le faltó Medellín como paisaje. Desgraciadamente para él, tuvo un final más sufrido y doloroso, y una agonía que parecía no terminar nunca.
Cardei, Gardel; le gustaba con cierta picardía infantil jugar con el malentendido. Nunca terminé de saber, aunque es posible que alguna vez me lo haya contado, si Cardei era su verdadero apellido o su nombre de artista.
Desde la primera vez que lo vi, antes de escucharlo cantar, -gracias a Jorge Palant y Elvio Illescas que me llevaron a oírlo a Arturito, una cantina que estaba en la esquina de Luca y Pavón frente al monumento de Florencio Sánchez- me impactó su físico. No era la imagen que yo tenía de un cantor de tangos. Cuando con el tiempo nos hicimos amigos le conté que mi padre cantaba tangos pero con una voz de tenor y que su tema preferido era Remembranzas. En esa ocasión no hizo ningún comentario y guardó cierta discreción. No esa misma noche sino en alguna otra entendí aquella reserva. Fue cuando Luisito me contó qué quería decir aquello de que había cantores “que se bañaban con agua caliente” ; traducido en su jerga hablaba de aquellos cantores con pinta y con un vozarrón que a veces linda con el grito. Como se dice en el libro –citando una anécdota del cantor Enzo Valentino- “cantores que cantan con el capital y no con el interés.”
Esa noche cantaba Cucusita, un tema que después le escucharía pocas veces. Cuando el tango llega a esa parte en que la letra dice “es de trencitas rubias, si viera que bonita, se llama Cucusita y hace seis meses largos no puede caminar”, me imaginé en su mirada parte de la biografía de su infancia. En la biografía escrita por María y en muchas de las anécdotas de la infancia de Luisito transcurrida en Villa Urquiza, encontramos la  letra de Cucusita.
Por ejemplo, todo el agradecimiento a los médicos que lo ayudaron a vivir y a sobrevivir.
En una de esas noches de cantina, Luisito se acercó a una larga mesa formada por muchos amigos y lo escuché contar una historia. Fue raro, en su “primera entrada” -entonces ya cantaba con micrófono- no me deslumbró. Quizás, por un prejuicio de tanguero por el cual la novedad en materia de cantores siempre genera desconfianza. Tuvieron que pasar un par de tangos para darme cuenta de lo que significaba Cardei. Fue cuando volvió a sentarse y lo vi junto a Antonito que lo acompañaba con el bandoneón. Entonces su cuerpo se transformó. Cuando Luisito decía que Antonito lo acompañaba esto era literalmente así. Los dos formaban un solo cuerpo. Música y voz, voz y música. Era perfecto.
Todavía me lo imagino alguna madrugada cruzando la calle y dialogando sobre la vida con Florencio Sánchez, que quizás en alguna de esas noches mientras escuchaba a Cardei se transformó por un instante en el príncipe feliz y se le cayó una lágrima.
Recuerdo que con mis amigos en aquellas noches de cantina en algún momento de éxtasis le reprochábamos sotto voce a Luisito que su voz era como una adicción. Que una vez que lo escuchábamos cantar no podíamos dejar de hacerlo.
De esa amistad quedó un zarzo que le regalamos para los cincuenta años, que brillaba en su dedo meñique y que cada vez que cantaba Barajando, en el momento en que la letra dice: “con mi anillo de hojalata con espejo bichadero me he fritado muchos vivos como ranas al sartén”,  nos hacía un guiño cómplice y se tocaba el anillo.
Me costaría elegir un tango de los muchos que cantaba Cardei. A veces le pedía un tema que más tarde me lo quedaba tarareando hasta conciliar el sueño. Pero como con su repertorio me hizo conocer tangos que nunca había escuchado, a la vez siguiente le pedía que cantara “ese nuevo” cuya letra me había quedado en la cabeza. Por ejemplo, Flor Campera, porque la florcita -la que “cuando entraba al baile el paisanaje ardía”- en su voz era verdaderamente una florcita; o cuando lo escuchaba cantar el vals Temblando, y en el momento en que le declaraba el amor a una mujer “no pude hablarle y me quedé temblando”, no podía dejar de sentir un temblor que me recorría el cuerpo.
Hay dos tangos que ahora recuerdo. Quizás porque de alguna manera hablan del principio y del fin. Uno que alguna vez Luis confesó conmovido que era su testamento y que se llama justamente Testamento de arrabal. Y el otro tango, El último guapo, que Cardei dramatizaba a tal extremo que  se quedaba mirando hacia el vacío y cuando decía que el guapo entraba por la calle angostita, de verdad que parecía que éste aparecía en escena, cruzaba la plaza y entraba por la puerta de la cantina.
Lo vívido de la estampa tanguera excedía la cualidad interpretativa de Cardei y hasta si se quiere su dosis de teatralidad. Yo creo que él lo decía de esa forma tan verdadera porque tenía una relación íntima con el valor. Creo que la biografía testimonia de manera excepcional esa relación con su coraje.
Un coraje que no se reducía a soportar los embates que tuvo que sufrir su cuerpo. Esas operaciones, hemorragias, transfusiones. Un cuerpo en desbarajuste. Un cuerpo hecho un colador por las hematomas y los pinchazos. Un cuerpo que era una herida abierta con la paradoja de que por su hemofilia no podía herirse. Pero todo ese desarreglo corporal, esa desarmonía, recobraba una unidad perfecta en su voz. Entiendo lo que María dice cuando habla de que su voz transformaba su cuerpo.
La otra vertiente era el Cardei contador de historias. Y eso ya ocurría mucho antes de que Luisito cantara tangos. La biografía es notablemente precisa en ese punto.
Cómo no admirar su valentía cuando iba a cantar y antes se había aplicado un Celestone o un factor octavo y tenía miedo de escupir sangre cuando ya el mito romántico de la tuberculosis se había terminado. Sin embargo se arrastraba hasta el escenario, subía y podía cantar horas. La voz era lo que le daba fuerzas; será por eso que cuando se operó de las cuerdas vocales sentía miedo de no poder seguir viviendo.
La biografía es dura como fue dura la vida de Cardei. Sin embargo, desde su adicción a la heroína hasta su paso por el Borda para curarse de esa misma adicción, Luis nunca dejó de contar historias para sobrevivir. Y sobre todo para que los otros pudieran sobrevivir.
La biografía es dura y su autora no rehuye a esa dureza. No hay zona del cuerpo ni del alma de Cardei que quede indemne. Desde el dedo del pie donde María encuentra la última vena salvadora para aplicar el factor octavo que le
permite seguir viviendo, hasta los celos ridículos de un hombre enamorado.
La biografía es dura porque duro fue el final de Cardei. Finalmente murió como muchos de los grandes cantores; “que la voz, que la plata, que el alcohol.” En la flor de la edad. Si uno piensa en alguna comparación para esta vida contada por María, se podría citar la novela de Burroughs, Almuerzo Desnudo. Aquí el título se modifica sutilmente, uno podría decir: “La cena desnuda.” Tal vez por las noches de cantina hasta la madrugada, el whisky, la necesidad de juntar el manguito, el último cigarrillo.
Cardei, como el último guapo, entra por la última página de la biografía. Entra y silba para que la piba vuelva a la cita. En el libro, él mismo juega a Quasimodo remedando algún disfraz de carnaval. Sólo que al revés de lo que le sucede a Quasimodo en el folletín, el ser que nunca logra conquistar el amor de la gitana Esmeralda, Cardei sí logró que la dueña de su corazón esté ahí, como sucede en el tango, esperándolo.
   La biografía es dura. Ni siquiera el tópico del amor con la licencia que le otorga el género amoroso logra ocultar un destino enrarecido. Sólo que esta versión cruda de una vida encuentra un límite. El mismo que Cardei impuso, quizás para su vida y para su arte interpretativo. Y que se condensa en la frase que repetía más de una vez: “los estilos cuestan.”

Luis Gusmán













“Al narrar aquel  pasado lo traiciono. 
Debo admitirlo: se idealiza el pasado 
 porque no se soporta la  miseria de  su realidad, su  memoria. 
Y la  autocompasión está cerca, acechando.   
 Una guitarra, una lapicera,  un par de  guantes de  box.  
Los  objetos no son lo que son.  
 En todo caso,  son lo  que  uno  cree que  pueden ser.   
Lastimaduras.  Astillas. Revelaciones.  
Revelaciones insignificantes para los otros.  
Tampoco yo  terminé  aquella novela.  
La calle es una cosa. Y la literatura otra”.
Guillermo Saccomanno 











A Luis
 










... si pareció que hablara hasta el cordaje
con el lenguaje del corazón.
  









1



Me pareció que tenía un defecto físico. Estaba sentado, con un vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra.
Ese jueves, el bar de la librería Gandhi estaba lleno. Escritores, cineastas, actores. Un público que iba llegando apurado como para asistir a una misa. Todos calladitos, inquietos, ansiosos por escuchar a ese cantor de tangos. A ese cantor de culto.
Hacía ya tiempo que Elvio Vitali, el dueño de Gandhi, me decía que no podía perderme a ese tipo que había descubierto en una cantina del barrio de San Cristóbal. Que lo había llevado a cantar ahí y le había hecho grabar un disco. Que yo tenía que hacerle un poco de prensa y representarlo. Porque era bárbaro. Porque era diferente.
Un día fui.
Allí estaba, sentado, con un vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra.
-Hola piba. Vení, sentate. ¿Qué querés tomar? ¿Querés un whisky?
-No, gracias. Un café está bien.
-¿Qué es lo que hacés?
-Prensa.
-¿Sos periodista?
-No. Soy agente de prensa. El nexo entre el artista y el medio.
-¿Y te gusta hacer eso?
-Sí, me gusta.
-O sea que conseguís notas en los diarios.
-Claro.
-No tendría que ser así.
-¿Por qué?
-Porque las notas tendrían que ser sentidas. De verdad. No porque alguien las pida. Así no vale- dijo, mientras colocaba el cigarrillo en una boquilla negra.
Era muy bajito. Tenía la espalda cargada, el cuello corto, y cuando giraba la cabeza lo hacía con todo el cuerpo. Las manos hinchadas. No se le notaban las venas. Sus dedos largos, delicados y sus uñas impecables, con brillo, le daban aspecto de prolijidad. El pelo entrecano. La piel morena. La boca grande con labios bien delineados y gruesos mojados constantemente por la lengua. Tendría unos cincuenta años.
-¿Siempre te dedicaste a eso?
-Hace un par de años. Además hago máscaras, esculturas y teatro.
-¿Sos actriz?
-Sí. Estoy ensayando una obra con la que me voy a ir a Cuba.
-Lindo ambiente el del teatro.
-No creo que sea peor que el del tango.
-¿Y nunca hiciste un curso de cocina?
-¿Un qué?
-Digo, si nunca se te dio por dedicarte a la cocina.
-No, ¿por qué?
-Y, las mujercitas tienen que aprender a cocinar, no a actuar, a hacer esculturas, a ser periodistas.
El traje medio antiguo, azul, la camisa blanca y el moño también azul con pintitas rojas. Su hablar pausado, tranquilo.
Nunca había visto a alguien saborear una pitada de  cigarrillo y un sorbo de whisky con esa intensidad. Pero lo que más me atrajo fue  su mirada: tenía el dolor y la sabiduría de alguien que ha vivido mucho.
Las luces comenzaron a apagarse. Con cierta dificultad se paró, me pidió permiso y rengueando, fue hacia el centro del bar. Un viejo bandoneonista lo esperaba.
Le costó llegar.
Por fin, se sentó en una banqueta y apoyó el brazo sobre una mesita que había ahí, a su lado. Tomó un trago de agua. Miró al público, se acercó el micrófono, saludó y presentó al hombre del bandoneón: “Antonio Pisano, mi amigo de siempre”, dijo, y tras un “ojalá que les guste”, empezó a cantar.
Una voz delicada. Susurraba, decía. No gritaba. Y se entendía todo. Tangos de antes del cuarenta que contaban historias sencillas, historias de malvones, de patios, de rejas, de amores perdidos y encontrados. Y antes de cada tango, una anécdota relacionada con lo que iba a cantar. Algunas graciosas, otras tristes. La gente se reía y lloraba. Aplaudía y ovacionaba. Alguien me acercó un diario: el Le Monde de París y la nota sobre él: “Le boiteaux fascinant”.
Y cada vez más tangos. Y cada vez más aplausos y más gritos de aprobación. De pronto no estuve más allí. Recorrí barrios, cielos cubiertos de estrellas, me enredé con guapos, busqué novias ausentes. Hasta que otra vez en la mesa, transpirado, me preguntó:
-¿Querés otro café?



2


Le dejé mi tarjeta y me fui a casa.
Cuando llegué, seguí modelando en arcilla el cuerpo que tenía a medio hacer al que le estaba aplicando la proporción áurea. La divina proporción. Iba a lograr un cuerpo perfecto. Y mientras mis dedos daban forma a su contorno, pensé en él.
Me di cuenta de que no tenía su teléfono. Pero de alguna manera lo iba a conseguir.
Al lunes siguiente lo llamé. No se acordaba de mí.
-¿Quién? ¿Quién habla?
-Yo estuve el jueves en Gandhi. ¿Se acuerda que estuvimos hablando? La agente de prensa.
-¿Que hacés piba? ¿Cómo estás?
-Bien. Disculpe que lo moleste, pero ¿no me dejaría conseguirle alguna nota?
-Mirá, yo te lo agradezco, pero antes tendríamos que hablar.
-Bueno ¿cuándo le parece bien?
-El jueves.
-¿En Gandhi?
-Sí. Si podés andá un ratito antes.
-¿A las nueve?
-A las ocho y media.


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 4

“A los ocho años dejé de caminar. Me golpeaba las piernas jugando a la pelota y de tenerlas quietas tanto tiempo para que se me fueran los derrames ya no las podía estirar. Me tocaba la cola con los talones. Me las fueron estirando de a poquito. Estuve enyesado hasta los trece, por eso camino así. No paraba nunca de jugar a la pelota. Cuando la escondían yo hacía otra con las medias que le afanaba a mi vieja. Quería ser wing izquierdo, como Loustau. Los hemofílicos tenemos una deficiencia en la coagulación. ¿Viste cuando te sacan sangre? ¿Viste que la ponen en un tubito? Bueno, al rato, abajo quedan los glóbulos rojos y en la parte de arriba se hace un suero amarillo. Eso es el plasma. Allí están todas las proteínas. Entre esas proteínas hay trece factores que sirven para el proceso de la coagulación. La deficiencia en el factor octavo se llama hemofilia A. Si el problema está en el factor noveno se llama hemofilia B. Yo tengo hemofilia A. Y la mía es severa, porque los valores normales de factor octavo son de cien a ciento cincuenta por ciento y yo tengo apenas el uno por ciento. Cuando uno se golpea se producen hematomas, pero a vos se te curan enseguida porque tu coagulación es normal. En nosotros la sangre no coagula, sigue saliendo , se acumula adentro de la articulación y la desgasta ¿entendés?, a la articulación y a la membrana que la recubre, porque la sangre, por el hierro, es corrosiva y daña también al músculo. Ni hablar si tenemos una úlcera, o una hemorragia digestiva o un golpe en la cabeza. La sangre no para de salir. Siempre hay que dar el factor octavo lo más rápido posible. Imaginate 1944, cuando yo nací. A los dos años en la Casa Cuna me quisieron cambiar la sangre y casi me muero. Cerca de 1950 se empezó a saber algo, gracias al doctor Alfredo Pavlovsky que se dedicó toda la vida a la hemofilia. Fundó ‘La casita del hemofílico’, en la calle Pacheco de Melo, enfrente de la Academia Nacional de Medicina, y en 1986 abrió la Fundación de la Hemofilia, la que está en Soler y Billinghurst, mi segunda casa. Primero se empezaron a dar transfusiones de sangre, pero se daba la sangre entera y había que esperar muchas horas para que hiciera efecto. Después apareció el crioprecipitado que era un concentrado de plasma. Esto nos mejoró el tratamiento pero podía provocar reacciones alérgicas porque no tenía mucha pureza. A fines de los setenta se descubre este concentrado purificado como el que me doy ahora, que tiene sólo el factor octavo. Hace efecto enseguida. Es bárbaro. Es una inyección endovenosa que hasta me la puedo dar yo mismo en mi casa. Con eso encima no somos más hemofílicos, pero por veinticuatro horas nada más. Con esto también se facilitaron las operaciones.
Es una enfermedad rara. La transmiten las mujeres y la padecen los hombres. La llaman ‘la enfermedad de los reyes’ porque los hijos de la reina Victoria de Inglaterra fueron portadores. La reina transmitía la enfermedad y tres de sus hijas también. Una nieta de Victoria se casó con el Zar de Rusia y tuvieron a Alexis, el hemofílico más famoso de la historia, al que como los médicos no daban con la enfermedad, lo mantenían bajo los efectos de los ‘pases mágicos’ de Rasputín. Creían que lo curaba. Uno de cada diez mil hombres la padece. Y no hay excepción de razas ni estrato social. Es una  alteración genética del cromosoma x. Por eso en el hombre se manifiesta, porque tenemos uno.  En la mujer, tendría que manifestarse en los dos, lo que es más difícil.
Mi vieja me ponía hielo. Hielo y clara de huevo. Y me curaba los moretones. A los ocho años dejé de caminar. Hasta los trece estuve enyesado. Mi papá no me pudo ver caminando de nuevo, justo murió unos meses antes.
Y mi vieja. Formamos una sociedad con mi vieja para que yo pudiera volver a caminar. Y caminé. Volví a ver el mundo de pie.”



5



  “A los veinte años me hice adicto a la heroína.
  Fue una noche que llegué a atenderme con un dolor insoportable en una pierna. Pero como en ese tiempo todavía se daban transfusiones, tenía que esperar que la bolsa con el plasma se descongelara. Mientras tanto, era tanta mi desesperación por el dolor que el médico me dio una pastilla. Ahí nomás me quedé dormido con una sensación de paz, de alivio.
  Cuando me desperté quería más de eso aunque ya no había dolor. Le pedí otra al médico pero me dijo que no, que con una ya era suficiente. Miré arriba del escritorio y vi la caja. Leí: ‘Daurán R 875’.
  Casi diez años escapándole al dolor y falsificando recetas. No quería sufrir.
  Ese remedio tenía heroína.
  Después me lo empecé a inyectar.
  Un día en mi casa sintieron un olor raro que salía de la pieza. Era yo que me estaba quemando. Me había quedado dormido con un cigarrillo encendido. Se me había caído en el pecho y me estaba haciendo un agujero bárbaro, mirá, todavía tengo la cicatriz. Y no me dolía. No sentía nada.
  Me internaron en el Borda. Recuperación de adictos.
 Nos juntábamos a la noche con los internos y yo les contaba historias. Había uno, Virgilio, que todas las noches hacía lo mismo: se armaba la valija y nos empezaba a saludar a uno por uno. Nos daba la mano y aseguraba que se iba porque le habían dado el alta.
Yo le decía:
  -Aflojá Virgilio, ¿adónde vas? Vení, sentate aquí al lado mío que te tengo que contar algo que pasó allá afuera.
  Le inventaba alguna historia de presos y de locos y él se quedaba dormido sobre mis piernas mientras yo le acariciaba la cabeza, contento porque esa noche Virgilio se había salvado del Ampliactil.”


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