Buenos Aires. Argentina.

MORA. Una confesión (Planeta 2003)


"Lo que más inquieta a los hombres de estar con chicas como nosotras es que, tarde o temprano, nos van a meter la mano en la entrepierna. Saben que detrás de esa mujer hay un hombre pero, cautivados por la máscara, es más fácil de enfrentar. Siento que soy una diosa cuando voy por la calle y se dan vuelta para mirarme. Me gritan: yegua, potra, divina. Y me río de los que se ríen porque sé que algo les pasa. Yo los vi, en mi cama. Tipos que al principio se reían: los escuché pidiéndome por favor. También se acercan hombres y mujeres buscando una falsa amistad para sentirse modernos y exóticos, sólo por decir: Yo tengo un amigo travesti. Como si dijeran: En casa tengo una pantera negra." Que un hombre se apellide Mora no llama particularmente la atención. Que una mujer se llame Mora, tampoco. Pero que un hombre apellidado Mora se convierta en una mujer llamada Mora, sí. Y ésta es su historia, desde el día en que fue encontrado en el armario de un hotel, recién nacido, y llegó al orfanato del cual saldría años después adoptado por un matrimonio de Barrio Norte. Ésta es la historia de un adolescente obeso sometido a crueles internaciones y tratamientos psiquiátricos, que busca contra viento y marea su identidad, y empieza a encontrarla en un par de zapatos taco aguja, unas medias de red, una minifalda ceñida y unas inyecciones de silicona industrial aplicadas a su pecho plano. Ésta es la historia de Mora, travesti, pantera negra, trabajadora del sexo en el Buenos Aires de hoy. 





A Guillermo Saccomanno

 

 

Este asunto está ahora y para
siempre en tus manos, nene.
Indio Solari







Diez bucal, veinte bucal anal, treinta completo en el coche, cuarenta completo en hotel, cincuenta pareja en el coche.
Tengo que hacer muy rápido: bichar al tipo cómo habla, cómo mira, qué ropa tiene puesta. Si tiene el traje atrás, hace algún deporte y se cambia en la oficina: tiene plata. Si tiene celular y agenda es organizado, no es un pichi. Algunos tienen anillos con un rubí o alguna piedra; a ésos les puedo pedir un poco más.
Miro que no haya alguien escondido atrás porque me pueden violar o pegar. Me pueden matar.
Preguntan: cuánto calzás, te anda, venís bien.
La transa, nunca con la cabeza adentro de la ventanilla. Un metro de distancia, las piernas en tensión y el cuerpo atento. Si acepta subo, pero antes de cerrar miro que la puerta tenga manija del lado de adentro, controlo las trabas y dónde está el encendido del auto para, cualquier cosa, revolear la llave.
¿Está dura la calle?, es lo primero que dicen cuando ya estoy arriba. Y mientras los enfilo hacia un lugar oscuro les hablo de cualquier cosa para romper el hielo. Si me gusta, le miro la mano a ver si tiene alianza. Mi sueño es casarme y dejar todo esto.
Son escapadas. Está el que viene caliente porque la noviecita le dijo que no; el que se quiere vengar de su mujer porque le gasta la plata; el estresado; el gerente que tuvo un día agotador; el que tiene que hacer tiempo; el que se le pinchó el levante; el tachero insomne; el que busca nuevas experiencias; el viejo verde; el merquero que no se le para; el camionero solitario.
Algunos traen consolador.
Tienen entre diecisiete y ochenta años.
Me tocan, me manosean, me la ponen en el culo. Me dicen que soy una diosa y me terminan chupando la pija.


   Dejé de jugar a la pelota. Empecé a jugar al elástico con las nenas. En la escuela, si algún chico me cargaba lo tiraba al piso y le saltaba en la panza hasta vaciarle el aire. No me interesaban las chicas. Los nenes tampoco. Me gustaban los de tercer año de la secundaria, si pasaban los dieciséis, mejor. 

Llegaba a casa a las cinco y media de la tarde. El micro me dejaba en la puerta. Me abría el portero. La llave me la dieron recién a los trece. 
Hasta las ocho de la noche estaba solo. Papá y mamá trabajaban, a la abuela la habían internado en un geriátrico, mis hermanas, Belén y María, después del colegio estudiaban inglés y francés. La mucama se iba a las cinco. 
A veces miraba los dibujitos de la Pantera Rosa, pero lo que más me divertía era encerrarme en el dormitorio de mis padres y abrir el placard. Salía olor a piel, a cuero, a naftalina. De la puerta derecha colgaban las corbatas de papá, de la izquierda los cinturones y pañuelos de seda de mamá. Me sentaba en el borde. Acariciaba los tapados de zorro, de visón, de nutria.  Vaciaba las cajas de zapatos de ella. Tenía de todos los colores pero siempre me probaba los clásicos negros. Me ponía la peluca corte carré rubio ceniza. Me miraba en el espejo. 
    Abría el frasco de perfume Opium color terracota: olor a mamá. 
    Después, ordenaba todo y esperaba a Fabio.


Fabio es un muchacho grande y responsable, ya tiene dieciséis, decía mamá. Y Fabio, mi primo, con el propósito de cuidarme, comenzó a venir a casa todas las tardes.
    Estaba empecinado en enseñarme a escribir. Yo lo esperaba sentado a la mesa del comedor, con hojas y lápices de colores. Cuando llegaba, me levantaba a upa y me sentaba sobre sus rodillas. Colocaba el lápiz entre mis dedos y su mano, pálida y huesuda, iba guiando la mía. Yo tiraba los lápices al piso. Me quedaba juntándolos debajo de la mesa, esperando que él viniera a buscarme. Le pedía que me besara las manos. Él decía que, por lo chicas, parecían de mujer.
Quería que pronunciara bien la doble erre:
    –A ver, decí: carro.
    –Caggo.
    –No, no, a ver ésta: pe-rro.
    –Pe-ggo.
    –El perro corre a la perra.
    –El peggo cogge a la pegga.
    –Muy bien: el perro coje a la perra; a ver, repetí.

    Esa tarde, estábamos solos como siempre y se cortó la luz. Me agarró de la mano. Fuimos al baño. Cerró la puerta con llave. Se bajó el pantalón, se sentó en el inodoro sobre el tapete de plush rojo y empujó mi cabeza. Cuando terminó, puso su mano abierta sobre mi boca. Clavándome los dedos. Dijo: 
–Ahora, tragatelá.



Lo hicimos hasta que cumplí los trece. Siempre igual. Si no era en el baño de casa, era en las duchas de Gimnasia y Esgrima de donde los dos, éramos socios. Los fines de semana, mientras yo jugaba al básquet, oteaba la pista de atletismo que rodeaba la cancha por el piso superior. Veía correr sus piernas peludas, su short naranja.
Esperaba la hora de encontrarnos en los vestuarios.
En verano, el balneario de Punta Mogotes era ideal. Ibamos al baño con la excusa de ducharnos y lo hacíamos allí, en los cuadriláteros, entre la cortina de plástico y los azulejos espejados mientras, al lado, algún hombre se bañaba.
También lo hicimos en el auto de papá camino a Mar del Plata. Mamá y papá adelante, él y yo atrás. Tapado con una manta por el frío de la noche apoyé mi cabeza sobre sus piernas.
Después, que las compras, que ir a buscar el pan, que cargar nafta. Papá le prestaba el auto. Nos perdíamos en el bosque Peralta Ramos.
Me quedaba todo el día con la cabeza al sol para insolarme y no salir a cenar con la familia. Inventaba cualquier cosa para que él me cuidara.
El día que me enteré que estaba saliendo con una amiga de mi hermana, me la jugué. Le dije que iba a contar todo. Fue en la playa de Punta Mogotes. Eran como las cinco de la tarde. Mamá, papá y mis hermanas ya se habían ido para la casa. Hizo un pozo en la arena y me enterró hasta el cuello. Agarró un puñado del suelo y me lo metió en la boca. Más tarde me arrastró al mar, hasta donde yo no podía hacer pie. Me tenía abrazado de espaldas a él, me bajó la malla, se frotaba contra mi cuerpo. Me pidió que se la apretara con la mano y la sacudiera: Si contás algo, te ahogo, decía, mientras empujaba mi cabeza debajo del agua.
Algo había salido mal. Lloré de rabia. De celos.

______________________________________________________________________

Prensa__________________________________________________________________





No hay comentarios:

Publicar un comentario