Mostrando entradas con la etiqueta Cerdos & Peces. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cerdos & Peces. Mostrar todas las entradas

Entrevista con un ladrón - Para Cerdos & Peces (2004)


"La mejor actitud para el tipo que es asaltado es hacer lo que le dicen: levantar las manos, tirarse al piso, no mirar y entonces no hay por qué lastimarlo. Ahora, que no se ponga en héroe"



por María Maratea


Tiene gestos delicados. Mirada inocente. Su forma de vestir y de mostrarse lo hacen pasar como uno más dentro de la cotidianidad. Y se podría llegar a creer que este argentino de treinta y cinco años, con casi metro setenta, pelo castaño y ojos claros, es colectivero, vendedor, remisero. Sin embargo, el hombre, es ladrón. Un ladrón al que le da vergüenza mirar las fotos de su infancia y verse con esa ropa grande o corta que alguien le regalaba en vez de tirar cuando con su familia comían una vez al día y estaban enganchados de todos los servicios. A los veintiún años, en una ciudad del interior del país todavía vivía en un conventillo cuando empezó a robar. Alguien lo invitó la primera vez: eran cuatro, reventaron  la puerta de la tienda y se llevaron todo. Esa noche hizo de campana. Al poco tiempo ayudó a cargar. Después, se largó solo.
Hoy, abre cajas fuertes.

¿Qué es lo más excitante de salir a robar: el peligro o el botín?
Yo no sé si es el peligro o el botín, pero a mí esa adrenalina me encanta. Me hace sentir bien. Creo que lo más emocionante de esto es hacer plata fácil.

¿Cómo empezaste?
A los veintiuno, en Rosario, de donde soy. Con mi familia no teníamos ni para comer. Unos amigos me invitaron. Fue tan fácil. Después, empecé solo como escruchante de día usando herramientas blancas, elementos para abrir. Cargaba la mercadería y me iba sin lastimar a nadie. Pero como era muy riesgoso cambié para la noche. Ahora hago sólo trabajos entregados de escruche de caño. Hoy abro cajas fuertes. Cosas que no sirvan no hago. Mucho riesgo para poca plata, no. Tiene que ser redituable. Yo ya sé que robar es malo. Pero también me limpio mucho.

¿Qué es bueno y qué es malo?
Y, llevarse  algo que no es de uno está mal. Lo bueno es que con esto ayudo a gente que no tiene trabajo. Y que nunca le robé a un pobre o a un jubilado Yo, por lo general, le robo al que tiene seguro. Un negocio, una empresa, siempre están  asegurados, por ahí no en un ciento por ciento, pero en gran parte sí.

¿Es importante el factor suerte?
Es importante, pero no se puede confiar sólo en eso. Para encarar el trabajo tengo que estar muy seguro y hacer las cosas en el momento justo. Yo confío mucho en mí, en mi instinto, y a medida que voy puliendo el trabajo me doy cuenta si viene medio mal parido o no. Igual, eso se va charlando con los compañeros. Acá lo fundamental es que el trabajo sea bien entregado, que los datos sean tal cuál. Después, cada uno tiene su manera de confiar en alguien. Yo confío en un santo: soy devoto del Gauchito Gil, creo en él; y bueno, después de cada trabajo le llevo ofrendas, alguna cosa de oro o me voy hasta donde prometo. Era un gaucho que robaba para los pobres. Antonio Gil se llamaba, lo mató el mismo policía que después le hizo el santuario. Dicen que mientras lo degollaba o lo apuñalaba, no se sabe bien, el Gauchito le dijo: con mi sangre vas a curar a tu hijo enfermo. Y era verdad, el hijo del policía se estaba muriendo y cuando llegó a la casa el pibe se había curado. El rati le hizo el santuario.

¿Cómo surgen los trabajos?
Los elegimos nosotros o son entregados.

¿Cómo lo eligen?
Vamos por el centro a caminar y a ojo elegimos un edificio por la pinta. Que sea lindo, bueno, que sea caro alquilar ahí. Y tomamos la dirección. Tengo gente que entra en internet y me da los datos de todas las empresas y oficinas que hay en cada piso.
Los entregados son a través de conexiones, amigos que me dicen en tal lado hay tal cosa. Y bueno, de cualquier manera hay que estudiar el lugar. Vamos  con mis compañeros y miramos todo. Nos turnamos para estudiar los horarios, los movimientos: a qué hora salen, a qué hora entran, cuántos hay, cuántos no hay, a qué hora se va el último, a que hora vienen, si están armados, si no están armados, a qué hora viene la que limpia, a que hora se va, cuando llega un mulo, cuando se va el otro. Se estudia el panorama durante días. Hay gente que lo hace muy arrebatadamente pero yo no. Yo estuve muy mal de guita y nunca me apuré. 

Entonces, para ser un buen ladrón hay que hacer un culto de la paciencia.
Sí, hay que tener mucha paciencia. Si alguien me dice vamos a jugar al pool y está la mesa ocupada me doy media vuelta y me voy a la mierda. Ahora, si me dicen vamos a mirar tal trabajo que hay que hacer,  yo me puedo pasar noches enteras como un pelotudo mirando así, quietito, para que nadie me vea dentro del auto. Este es un trabajo que se hace así, muy detalladamente. Hacer algo lleva días, meses.

¿Cuáles son los pasos, desde la elección del lugar hasta llegar al asalto?
Una vez marcado el edificio empezamos a estudiarlo: las guardias, los cambios de seguridad, si hay filmaciones de afuera, con qué tiempo contamos. Si hay cámara hay que buscar la manera de entrarle por al lado, por atrás, por un baldío, por una  ventana, por una terraza. Por donde sea. Si es por el edificio de al lado, le copiamos la llave al portero. Tengo un tipo que se sienta al lado tuyo, te ve la llave, la miró y te la hizo. Vos ni te das cuenta. Después, te da tres llaves, de esas tres, una, pega seguro. Impresionante el laburo que hace. Y bueno, ahí empiezan noches de inteligencia. Noches y noches turnandonós en distintos autos, cada día algo diferente: con una pareja, un día una persona, al otro día otra en otro auto. Hay que mirar mucho la supervisión en estos trabajos así. A la noche, la misma empresa de seguridad la manda una o dos veces. Por ahí, caen a las dos de la mañana para ver si está todo bien y se van. Hay que estudiar muy bien los horarios. Por ahí, vuelven a las dos horas, por ahí no. Lo ideal es que no tenga supervisión para trabajar tranquilos toda la noche. En tres o cuatro días uno se da cuenta si no se supervisa. A veces hay que estar más de un mes estudiando la cosa.
Una vez, ya seguros de los movimientos, elegimos el día y la hora.

¿Cómo se movilizan?  
Lo mejor es un auto caliente, recién robado, al que le ponemos la patente de un auto estacionado que hasta el otro día no se va a mover. Así no hay bronca, no hay quilombo y se va más que tranquilo. También se usan autos mellizos. Traemos datos de Santiago del Estero, de Tucumán o de donde sea y hacemos un mellizo para trabajar y nada más que para trabajar.

¿Van a cara descubierta?
Sí. Si hay cámara, una gorrita con visera y media cabecita baja, después nos llevamos los videos así no queda registrada la filmación. Nunca nos ponemos nada en la cara, tampoco se puede andar por  un edificio todo vidriado con una máscara negra. O te ve un vecino bajando con una media en la cabeza y dice ¿esto qué es? También se da la posibilidad de que dos ya estemos adentro del edificio: entramos de tarde, nos escondemos en cualquier lado, esperamos que cierren y ahí bajamos a apretar a los mulos. Después, hacemos entrar a la gente de afuera con el equipo. El equipo de corte. En un bolso. Autógena, dos tubos chicos ultralivianos, pico, manguera, manómetro. Es caro, el mío cuesta como tres lucas.

Una vez adentro, ¿cómo es el enfrentamiento con la seguridad?
Antes de apretar a los mulos, nos aseguramos bien que no tengan ni pito ni alarmas. Casi siempre tienen un pulsor para dar señal a la policía o a la empresa custodia, pero nunca lo tienen en la mano, o lo dejan por arriba de la mesa, o en el bolsillo, o arriba del mostrador. A veces, están roncando. Les decimos: che, despertate. Y se pegan un cagazo! Una vuelta entramos y había uno que estaba mirando una porno. El tipo estaba dale que dale. Le dimos una de castañazos. Claro, ellos están tranquilos, juran que están solos, y lógico, no están esperando que entre alguien. Una vez que los apretamos, les atamos las manos atrás, le ponemos una vendita en los ojos o un papel con una cinta para que no nos miren mucho por si, Dios no lo permita, pasa algo y hay reconocimiento. Al mulo lo llevamos con nosotros por donde vamos abriendo y le vamos preguntando dónde está la plata, amenazandoló.

Y los tipos se hablan todo.
Con el miedo de que les pase algo claro que hablan, si ganan quinientos pesos por mes. Yo siempre les dejo una propinita, cien pesos, se lo meto en el bolsillo, para que al otro día se vaya a comer con la mujer. Qué sé yo de esa forma le aliviano el mal momento. Tampoco se le puede dejar mucho porque pueden decir que nos entregó. Hay mulos a los que uno no le pregunta nada y te dicen: en tal piso está la plata, no me lastimen, no me hagan nada, yo los llevo, no toquen ahí, eso tiene alarma, eso no, eso sí, mirá que a tal hora viene tal persona, que esto,  que lo otro. Entonces ya, con todo lo que miramos, el seguimiento que hicimos, lo que estudiamos, esa persona nos aclara más el panorama. Todo se hace más fácil.

¿Cómo eligen las empresas?
Hay que jugarse: de veinte empresas podemos abrir cuatro o cinco. La noche no da para abrir más. Por lo general, buscamos edificios que tengan una empresa por piso, entonces vamos directo a las tesorerías adonde está la plata y encaramos directo para la caja fuerte.

¿Cómo la abrís?
Prendo el equipo, corto un cuadrado donde está la cerradura, la saco, destrabo el volante y listo. Y si tiene combinación, le saco la numeración negra, la golpeo con un cortafierro, arranco y queda un pendorcho, le pego así con un destornillador grande, tiro la combinación para adentro y abrí. Si no hay caja seguimos. No nos llevamos cualquier cosa. Nosotros nos llevamos nada más que la plata.

¿Siempre hay?
Hay lugares de los que nos hemos ido sin un mango o con quinientos pesos cada uno, un lugar elegido por nosotros, claro, si es entregado siempre hay plata. Lo máximo que encontré por la mía, fueron cuatrocientos mil pesos. Pero también, hubo veces de mil. Esos son los riesgos de cuando uno lo busca por su corazonada. Y nosotros tenemos bastante corazonada. La pegamos bastante.

¿Se reparten la plata allí?
Sí, una vez que terminamos el laburo cada uno se lleva su parte. Y chau, nos vemos en quince, veinte días.

¿Es fácil encontrar amigos para este tipo de trabajo?
No, no somos amigos, somos compañeros. Y cuesta encontrarlos. Es muy difícil porque tienen que ser de mucha confianza y sobre todo gente grande. Hoy los guachos son rebarderos, no tienen paciencia y se piensan que es todo así nomás. Cuando hay problema dicen: qué cagada me mandé, mirá vos. En cambio la gente grande como ya ha pasado más cosas,  ya tienen más años de tumba y ya saben lo que es bueno y lo que no, se cuidan más. Tampoco tienen que drogarse. Cuanto más sobrio se está, mejor. Yo jamás tomé droga para hacer un trabajo y la gente que va conmigo tampoco.  Una persona drogada está muy acelerada y es mucho más el riesgo. A mí me gusta estar lúcido, tengo que estar con todos los sentidos ahí. A veces se puede dar una amistad, pero es muy raro, porque no conviene que vayamos tres reincidentes a comer, porque si nos paran en un auto y nos piden documentos, todos tenemos antecedentes. Entonces, ¿qué vamos a estar haciendo? Nosotros vivimos cada uno en una punta. No hablamos nada por teléfono: hola como andás, sí, mirá, vamos a comer unas pizzas a tal lado, necesito hablar con vos. Nada más. Todo se dice personalmente. Yo soy un enfermo de que las cosas salgan bien, porque es la seguridad de uno. Nosotros tenemos mujer, hijos, y queremos la familia, sobre todo.

¿Tu familia sabe de tu trabajo?
Mis chicos no saben lo que hago, pero mi mujer sí. La mujer de uno lo tiene que saber. Y pobre, no le queda otra que bancarselá. Lo que pasa es que cuando uno se enamora, se  enamora de la persona no del oficio,  no  importa si uno es escritor o si lava coches en un lavadero. Nosotros siempre prometemos que vamos a cambiar y que  vamos a dejar. Decimos: compramos el auto y basta, pero después queremos un  auto más nuevo. El problema es que mi mujer se queda con el corazón en la boca. Si vuelvo sin plata está todo bien, si es con plata mejor. Pero también puedo no volver. Por eso prefiero buena plata y trabajar una vez cada tanto. Yo duermo todos los días tranquilo. Hago una vida totalmente normal, sana. Me tomo una cerveza un fin de semana, pero cuando no tengo que hacer nada. Hago deporte. No llevo arma encima, no tengo armas en mi casa. Nada. Hablo bien con la gente, me llevo bien con todos, trato de ocultar lo que hago, trato de ser uno más en la sociedad para que nadie se avispe.

¿Te sentís libre?
Sí. Plenamente. Pero igual me cuido. Si robé en un edificio no voy a ir a comer a la esquina o a dos cuadras o a la vuelta. Y no es que no lo haga por un tiempo, yo no voy más. A mí no me pasó nunca, pero personas que conozco que fueron a comer y de pronto: policía, documentación. O por ahí, en otra mesa una persona que está comiendo, te reconoce y empieza: él me robó, él me robó. Yo, siempre fui de a poco. Nunca resalté. Uno se va mudando, un año, dos años, y va cambiando. El lema es no hacer base en ninguna parte. Donde vivo no conozco a ningún vecino. Yo entro: buen día, buenas tardes y chau.

¿Se puede ahorrar plata con este trabajo?
Y dejar de hacer esto, sí, pero uno se da cuenta tarde. Después que gasté un montón de guita digo, si hubiera juntado la que robé en estos diez años, seguro que no robaba más. Hace cinco años atrás me compré dos coches cero, qué sé yo, estupideces que hoy no haría. Uno se saca los gustos. Con mi mujer conocimos todo gracias a esto. Nos íbamos de vacaciones siempre, llueva, no llueva, invierno, verano. De paso, en los lugares de veraneo yo miraba algo, iba estudiando, entonces llegaba y les decía: muchachos, vi tal cosa en tal lugar ¿vamos? Vamos. Dejábamos la familia y lo hacíamos. Y lo seguimos haciendo eso.

¿Tenés el sueño de  el gran asalto?
Algunos sueñan con eso. Yo no. No está en mis planes. Qué sé yo, un camión de caudales, por ejemplo, no se puede hacer, y ya no por el tema riesgo, si no, porque no se sabe lo que puede haber adentro, por ahí lo abrimos y encontramos quinientos mil pesos en treinta bolsas de monedas, pero no nos podemos llevar ni una, es imposible. Es que tampoco ahora hay trabajo como antes, cada vez avanza más la seguridad, las calles están más cuidadas. Fueron achicando los riesgos. Antes, los blindados iban con un fierro en la cintura, ahora llevan itacas en la mano, van con las armas desenfundadas, empuñadas, tienen equipos de comunicación. Y también hay menos plata dando vueltas. En una fábrica, antes, les pagaban a cien empleados. Ahora, cobran en cajeros, justamente para que no haya tanta guita dando vueltas. Antes, se llegaba así nomás a comer un sueldo de cien personas. Tampoco tengo el sueño del Banco. Es más, nunca robé ninguno. Ya no son como años atrás. Ahora te podés llevar veinte mil pesos. Y hay que ir con  un grupo comando de por lo menos cinco o seis personas. Haciendo números, son tres, cuatro lucas para cada uno. No da ni para el abogado. Sí lo hice con gente que sale de los Bancos. Un trabajo entregado.

¿Quién entrega en esos casos?
Eso siempre es por un contacto adentro que sabe toda la movida. Me dicen: mirá que entre las diez y las once va a venir una persona que va a hacer un movimiento importante, yo te llamo cuando esté en la cola. Entonces yo estoy enfrente, esperando,  me llama al celular y me dice, por ejemplo: el techo de rojo (camisa roja) y las paredes de azul (pantalón azul). Y espero a que salga la persona. En una época, tenía un chabón en la Aduana que me llamaba temprano y me decía, hoy a tal hora sale un camión marca tanto, patente tanto, que lleva tal mercadería. Entonces nosotros buscábamos comprador, hablábamos con los reduce y al que lo quería comprar se lo bajábamos directamente. Íbamos derecho. Apretábamos al chofer y lo llevábamos a pasear en el baúl de un auto hasta que se entregara la mercadería. Cuando se terminaba el trabajo nos llamaban por teléfono y al mismo tiempo que uno abandonaba el camión, el otro tiraba al chofer por ahí. No, yo no tengo sueños de robar nada. Yo robo para sobrevivir y para mi bienestar. No para que digan mirá, éste robó. No, yo robo para mí y para mi familia. Me interesa estar bien y vivir bien. Mientras pueda.

No se puede parar  ¿no?
No es fácil. Uno empieza haciendo cosas chiquitas porque no tiene los medios. Yo no tenía auto, no tenía nada. No tenía ni para un colectivo. Robaba mercadería, la vendía y me empezó a ir bárbaro. Después, me quise comprar un autito, más tarde una casa. Al tiempo quise otro auto más nuevo. Y eso hay que mantenerlo. Todo me va llevando a, cada vez, robar más. Aunque el riesgo sea mucho. Puede estar todo muy tranquilo, pero, a veces, se complica. Llega la policía y hay que salir por los techos. Son segundos de lucidez, de reacción, para escapar y no terminar muerto como un perro.

¿Asaltás casas de familia?
Sí, pero siempre es por entrega. Me vienen a buscar y me dicen, mirá que ahí hay tanta guita, ¿te interesa? Y siempre es algún cercano. Siempre hay un bicho. O medio oveja negra, o lo dejaron afuera en algo, o es medio rata,  o tiene algunos vicios de más. ¿Qué querés vos? Yo quiero un veinte, dice. Te doy un quince, ¿te sirve? Listo. Lo único que tuvo que hacer es mirar y hablar. Y a nosotros nos viene bien, siempre y cuando sea de confianza. Y se empieza a estudiar: cuántos son, si es un matrimonio solo, si tienen hijos, si estudian, si van a la facultad, a qué hora vienen, a qué hora van, si van al gimnasio. Mientras,  miramos por dónde le vamos a entrar.

¿Cómo se organizan adentro?
Cuando en una familia se agarran cuatro o cinco personas, se reparten para que no hablen entre ellos. Se trata de hablar con el padre, o con la madre que es más vulnerable, para que cuenten cómo es la cosa. Al estar toda la familia separada entra el pánico, ¿qué le van a hacer a mi hija?, entonces uno trabaja sobre eso psicológicamente, y si no hay respuesta, bueno, se le trae a la hija.

¿Alguna vez violaste a alguien?
No, nunca violé  a nadie. Y los que están conmigo no van a llegar nunca a eso, porque con gente así yo no trabajo. Sí llegamos a intimidar, a sacarle la pollera, levantarle el camisón o dejarla en corpiño. Eso es una cosa. Pero manosear, no. Porque uno también está expuesto a que puedan salir las cosas mal, te agarran y te comés una comida bárbara. No sé cuanto te dan por violación, tampoco quiero saberlo.

¿Cuál es el primer lugar donde buscan la plata?
El dormitorio de los dueños. En el comedor la plata no se guarda, porque si uno tiene que agarrar algo no lo va a hacer delante de otros. Y se busca por todos lados: en los placares, en las mesas de luz, en los rollos de las cortinas, cofres debajo de la cama, la caja fuerte, colchones, las llaves de luz, freezer, heladera, adentro de un par de medias. Hay gente que pone puñados por todos lados. También en el piso, abajo de un par de parquets o abajo de la alfombra, en lugares donde no esté totalmente pegada. O donde no hay cemento, hay una caja. En los sanitarios es medio difícil porque se puede humedecer, aunque en el pie de la pileta del lavatorio una vez encontramos cinco mil dólares. 

¿Cuál fue el lugar más insólito?
Adentro de una cocina vieja que estaba para tirar en el fondo de una casa, y otro, en un lavaderito lleno de zapatos hechos mierda, lleno de mugre, telarañas, daba asco meter la mano ahí, en el último lugar que revisamos, estaba la plata. A veces, estás hasta cinco, seis horas. Hasta nos hemos quedado en edificios de un día para otro.

¿Intentaste alguna vez quitarte de ésta?
Muchas veces. Pero las veces que invertí plata en negocios legales me fue como el culo. Y las que laburé por un sueldo, no me daba ni para comer. Me tenía que andar escondiendo en los hoteles, yéndome sin pagar, no podía alquilar nada. No tenía medios para vivir y eso que no tenía hijos todavía, estaba solo. Con familia es más difícil. Una persona que gana seiscientos pesos por mes que, por ahí, hoy, es un buen sueldo, ¿cómo hace para darle de comer a dos, tres pibes, mandarlos al colegio, vestirlos?

¿Viste alguna vez por la tele un asalto tuyo?
Sí, claro que sí. Y lo más gracioso es que digo: mirá que ratas que son, nos llevamos veinte y están acusando cincuenta y cinco. Lo hacen por el seguro. Pero la tele no muestra todo, no muestra las veces que me agarró la yuta después de un robo y le tuve que entregar la mitad o todo para que me dejaran ir.

¿Fuiste preso alguna vez?
Una sola vez. Estábamos trabajando, abriendo una caja y cayó la policía. Algún mulo habrá activado la alarma, no sé.

¿Cómo fue?
Nosotros éramos cuatro. Y una vez que tenés a la policía ahí, no hay salida. No queda otra que entregarse. Toma de rehenes no va porque son muchos años más. A no ser que uno esté muy jugado, que sepa que lo esperan veinte años y de última, bueno, se juega y disparará o hará lo que tenga que hacer. Pero si no, con plata, en un par de años se sale. Yo la vez que caí, estuve seis meses nada más. Hace como siete años y fue la única vez. Tuve justo lo que se necesita en esos casos: un abogado bueno y pillo, mucha plata y suerte. Si no, me hubiera comido seis años por lo menos.

Se dice que una vez que se cae en cana ya no se vuelve a ser el mismo. ¿Cómo la viviste vos?
Lo raro de caer preso, para mí, fue que no me daba cuenta. Ni cuando caí, ni en el juzgado, ni en Tribunales. Recién me di cuenta a los quince días, más o menos. De a poco, me había hecho la idea de que no me iba más, hasta que me dijeron: flaco, te vas. Y tampoco me daba cuenta que me iba. Es una sensación rarísima. Aparte, cómo salís. Yo salí con  miedo, con pánico, no quería ni salir a la calle. Veía un auto y sentía que me pasaba por arriba. No sé si tuvo que ver el silencio o qué. Me costó reacomodarme. Igual, a la semana tuve que empezar de nuevo. Tenía deudas, cuentas, impuestos atrasados, luz, agua...

¿Cómo se percibe la presencia del enemigo?
Y, nosotros los olfateamos y ellos nos olfatean. Los policías se dan cuenta si uno tiene mucha cárcel: la manera de hablar, la manera de caminar, ademanes. Como nosotros nos damos cuenta cuando uno es rati por el corte de pelo, la marca de la gorra, si tiene camisa por afuera y tiene medio abultadito es porque lleva fierro.

¿Cuál es la actitud a tomar para no salir herido o no terminar muerto cuando uno es asaltado?
La mejor actitud para el tipo que es asaltado es hacer lo que le dicen: levantar las manos, tirarse al piso, no mirar y entonces no hay por qué lastimarlo. Ahora, que no se ponga en héroe.

¿Alguna vez te afanaron a vos?
Y claro. ¿A quién no le pasó?  Fue en la calle: arriba las manos me dijeron. Y se llevaron el auto. Pero volvemos al tema, mi auto estaba asegurado. Entonces, que se lo lleven. Pero lo mejor que me pasó fue haber zafado de un robo. Yo tenía cien lucas en el Banco y se me dio por comprar una casa. La saqué dos meses antes del corralito, así que nos salvamos de que nos engrampen, si no, nos recomían todo. Eso es suerte. Ahora, yo digo, por ahí te agarran robando y te quieren dar mil años de cárcel, y a ésta gente que arruinó al país, a los que manejan el dinero del pueblo ¿Quién les pone orden? ¿Quién les marca el límite? ¿Quién los manda presos? ¿Quién reprende a esos hijos de puta? Y lo peor es que no le roban solamente a la gente que tiene plata, les roban a los pobres, a la gente que se rompió el culo toda la vida.

¿Y  la mejor zafada de la cana?
Y el mejor zafe de la policía fue, en un edificio de empresas.  Teníamos que conseguir la llave. Entonces, buscamos un edifico al lado que tuviera la terraza pegada y nos hicimos amigos de unos pibes, de  tomar cerveza,  de jugar al pool, joda de varias noches, hasta que le pudimos copiar la llave con poxilina y la mandamos a hacer. Ahora, había que hacer la de la terraza. Trajimos al cerrajero con llaves y con ganzúa, le hizo unas cosas a la cerradura y la dejó loca. El que abría con la llave normal, abría y cerraba tranquilamente, y nosotros con una llavecita que nos dio él, abríamos y cerrábamos también, sin problemas. Ya teníamos la de abajo y la de arriba.  Había que pasar para el otro lado y entrar. Nos metimos un día a eso de las siete, cuando ya se habían ido todos. Era un edificio que no tenía vigilancia. Saltamos por la terraza, hasta había una escalerita, así que no tuvimos ni que saltar. Nos metimos en el piso quince, nos pusimos a romper, más o menos llevaríamos cerca de una hora y media de trabajo y desde afuera, nos avisan por teléfono que en el segundo hay gente. No lo podíamos creer. Salimos a buscarlos enfierrados, descalzos, entrábamos despacio a los palieres y hacíamos oreja en las oficinas a ver si se escuchaba algo. Llegamos abajo y sentimos la alarma de la cochera. Eran dos chabones con una mina que se iban en un auto. ¿Qué pasa? Se habían quedado de joda, se habían traído una mina a la oficina. Bueno, esperamos que se fueran, pero no nos quedamos tranquilos, revisamos el sótano, todo. No encontramos a nadie, subimos y seguimos. Íbamos por la tercer caja fuerte y no encontrábamos nada. Hasta que se nos acabó el oxígeno. Empezamos a revolver a lo bobo a ver si encontrábamos  aunque sea, veinte pesos. Nos metimos en una oficina que tenía alarma, la rompimos y nos pusimos a revisar. Hasta que en un cajón de un escritorio que abrimos con un destornillador, encontramos ciento ochenta lucas. Esas son sorpresas. Bueno, cuando encontramos plata, empezamos: mirá, mirá, vení Fulano, vení. Nos manejamos así para que todos vean lo que hay. Nadie cuenta, pero más o menos uno mira y ya sabe. La estábamos guardando en una cartera y en eso, cuando miramos para afuera vemos lleno de chichones azules. Había caído toda la policía. O sea que la alarma no era sólo de ahí, se ve que tenía una central y de ahí le avisaba a la policía. Estábamos hasta las bolas. Dejamos tirado nuestros equipos, nos fuimos a la terraza y cruzamos para el otro edificio. Ahí dejamos los fierros y decidimos irnos por el mismo lugar por donde habíamos entrado. Llegamos abajo. Nadie quería llevar la plata, pero había que salir de ahí como fuera. Dije: la llevo yo. Si nos paran le damos esta plata y nos vamos, un arreglo siempre hay. Salieron dos con todos los patrulleros en la puerta, sin problemas. De la esquina nos llaman por teléfono y nos dicen: salgan que está todo bien que nos vamos caminando. Salimos: plata, saco, sin mirar a nadie, hacíamos como que hablábamos por celular, y nos fuimos caminando. Estaba todo rodeado. Les pasamos por adelante.

¿Qué pensaste el segundo antes en el que decidís salir?
A la una a las dos a las tres.

Entrevista a Guillermo Saccomanno - Para Revista Cerdos & Peces (2004)

(Publicada en la revista Cerdos & Peces 2004)

"Estar vivo, en nuestra generación, es un milagro"

Prohibido escupir sangre, Situación de peligro, La indiferencia del mundo, Roberto y Eva, Bajo bandera, Animales domésticos,  El buen dolor, La lengua del malón, son los títulos que forman parte de la producción literaria de Guillermo Saccomanno. Escritor argentino. Porteño. Premio Nacional de Literatura 2001. ____________________________________________

“Buenos Aires es una histérica con sonido de taco aguja” . “Lo mío no es la idealización del sujeto urbano, pero acá no leemos. Comemos hamburguesas literarias”

  __________________________________________________________________

 

 

por María Maratea

La cita es un sábado a las 11,30 en un departamento de Retiro al que viene a dar taller literario cada quince días desde Villa Gesell, lugar donde reside. Por el portero eléctrico dice que el ascensor no funciona, que no, que no suba los nueve pisos por escalera, que lo espere en el bar de enfrente, el de la esquina, el de  Av. Córdoba y San Martín.  No se hace esperar. Llega pronto, en jeans, grueso pulover azul y una gripe a cuestas que lo tiene a maltraer hace una semana. Pide un té bien caliente. Dice que tiene ganas de fumar pero que no lo va a hacer, al menos, no por ahora.

                                                                                                                                                                        
Aunque  se puede sospechar cómo es la vida de un escritor a través de sus textos,  uno, muchas veces, se encuentra leyendo un libro y entre página y página vuelve las hojas a la contratapa o a la solapa buscando la foto, la cara del autor. Y uno, muchas veces se pregunta qué cosas le suceden a ese escritor mientras escribe un libro.  ¿Cómo es tu “mientras escribo”?
 
Mientras escribo todo lo que pasa alrededor siempre es más interesante que escribir. La vida parece siempre estar en otra parte. Y es más interesante escuchar el contestador, bajar a la calle, encontrarte con un amigo, pispear las noticias del diario, o de pronto te parás para hacerte un té, mirás la biblioteca y te quedás colgado en un libro. En realidad, el tiempo de escritura no es el tiempo de escritura en la máquina. Para mí el importante es el de estar cerca, es decir, estar sobre el texto, pero esto no implica que estás sentado “escribiendo”. Hay un pensamiento subterráneo que empuja la escritura, del mismo modo que un cuento no es nunca el cuento que uno cree escribir sino que hay otro  por debajo. A veces lo importante es el tiempo que vos tenés de concentración más que el tiempo de bajada, pero nada de esto sirve si no tenés el tiempo de bajada y no tenés una disciplina para sentarte todos los días.

¿Cómo se logra esa disciplina siendo todo más interesante? 
 
Creo firmemente en la disciplina. Por eso, entre otras razones, me fui a vivir a Villa Gesell hace quince años. Cuento mi tiempo allá más por libros que por años. Allá tengo menos distracción, vivo de modo austero y tengo el tiempo concentrado en la escritura. Al principio me costó pero yo sabía que el esfuerzo valía la pena. Estaba harto de Buenos Aires. Ahora ya no: estoy reconciliado. Buenos Aires es como una histérica ¿no? Buenos Aires tiene sonido de taco aguja. Te ofrece todo, pero nunca vas a llegar a poseerla. Y uno va corriendo detrás de la histérica todo el tiempo. Una histérica que te ofrece en lo cultural una oferta muy alta y por otro lado, también, todas las otras atracciones que presentan los bares. La zona donde paro cuando estoy en Buenos Aires, aquí en el Bajo, es un imán para la distracción.

¿Cómo es?
 
Es una zona muy rica en términos de observación. Están las putas del bar de la esquina y ves como tres estilos de puta: la del mediodía, la de la tarde y la de la noche. Algunas, parecen secretarias ejecutivas, otras más reventadas. Las ves en las noches de pleno invierno, que andan casi en tetas en el viento helado que sube del río.  Están los pungas los sábados o los domingos a la mañana, que vienen a afanar a los turistas. Cuando ves dos o tres rubios con facha de extranjeros que están mirando para arriba viendo las cariátides o qué lindo es el cielo de Buenos Aires, detrás vienen unos pibes morochitos con zapatillas deportivas, que van a manotearlos. Tenés toda la gama infinita de personajes que hay en una zona donde están, desde los hoteles internacionales y el turismo, hasta una terminal de ómnibus y una terminal de trenes. Una estación siempre produce un enjambre humano variadísimo. Además del lumpenaje tenés la zona de Madero donde están todos los tilingos, ese ejército de traje gris que va a trabajar a la mañana como si fueran Michael Douglas. Se sienten en Wall Street pero están en el Río de la Plata, a unas cuadras de la 31.

         ¿Por qué elegiste vivir en una zona tan tentadora para después irte a Gesell?
 
En la Villa hice una especie de cura. Yo había trabajado durante muchos años en publicidad y en historieta y chupaba demasiado, tomaba muchas pastillas y al irme a la costa empecé a combatir la angustia de otra manera. Por lo pronto, si vos caminás una hora contra una sudestada, es mucho más poderoso el efecto que un puré de lexotanil.

¿Fue una huida para no caer en la tentación?
 
Una retirada mas que una huida. No es lo mismo. Me reconozco débil porque admito mis tentaciones. Trabajé en publicidad, así que no me vengan con la cultura de la imagen. La retirada es buena porque te exponés menos a este tipo de cosas. Yo veo la retirada como la sugiere el I Ching, protegerse para ver cómo se avanza, y a mí donde me interesa avanzar es en la escritura. En la Villa dejé la pasta y bebo considerablemente menos. A  mí me preocupan cada vez más los resultados del trabajo que uno hace despierto, no los resultados de la inspiración fortuita de la noche donde todos somos talentosos y si ves en la mañana siguiente lo que escribiste no aguanta ni media mirada. Esto, por supuesto, tiene también que ver con la edad. Estoy cada vez más veterano. Ahora confío en las horas de la mañana que son las de mayor lucidez.

¿Qué relación tenés con el mar?
A mí me decían que si iba a vivir a la costa no tuviera la máquina frente a la ventana porque el mar distrae. Sin embargo, cuando escribo, yo tengo el mar frente a la ventana y para mí es fenomenal. Te limpia la cabeza permanentemente. Al vivir en la Villa cada día puedo vivir con menos, pero no sin el mar. Necesito su presencia a la mañana. Necesito levantarme y verlo. Creo que el mar es como una lija muy fuerte a la vanidad. El mar te devuelve a tu pequeñez. La gente en la ciudad vive en edificios altos y se cree Dios. En cambio parado frente al mar tenés escala humana. En la Villa, hay todavía una realidad manejable en escala humana. Está eso de que te conoce el carnicero, el kiosquero, el vecino, el paisaje de las calles de tierra o de arena, que a mí me remite mucho al barrio donde yo crecí en una franja entre Floresta y Mataderos donde había calles de tierra, donde imperaba una solidaridad barrial. Si vos no salías de tu casa venía un vecino a ver qué te había pasado. Esto también funciona en Villa Gesell, que es una mezcla de Middle West con San Justo. Las ciudades en cambio son inmanejables, pero no es sólo un conflicto de Buenos Aires sino de todas las grandes ciudades. Creo que es lo mismo acá, que en San Pablo, que en el DF. Y para un escritor estar alejado de todas las tentaciones que ofrecen las ciudades es bueno. Con el tiempo te das cuenta de que podés prescindir de todo eso porque no te interesa. Por lo menos a mí no me interesa.

 ¿Qué cosas te interesan hoy?   
 Por ejemplo, me voy dando cuenta de todo lo que me falta leer hacia atrás. Yo no leí todo Shakespeare y no creo que muchos escritores se lo hayan leído. Yo no leí bien los griegos, y creo que muchos escritores mienten cuando dicen que se leyeron todo. Tampoco conozco a  muchos que hayan leído todo Proust. En la medida que te tomás el oficio cada vez con más rigor, como  misión, te lo vas tomando con una seriedad que te hace sentir como frente al mar: cada vez mas chico. Y frente a la escritura te sentís cada vez mas tarado porque claro, si vos estás escribiendo y leés El rey Lear te sentís tan idiota. No me interesa ya más cierto tipo de literatura que se promociona a través de los suplementos o de las modas. Yo quiero leer esos tipos que, como el mar, me devuelven a una noción real y no sentirme que estoy metido en una carrera con la histeria: la carrera de la ciudad, la carrera de las vanguardias, la carrera de los suplementos,  la carrera de la figuración. En la ciudad se confunde la figura del escritor con las intervenciones públicas, que no pasan sólo por un artículo o una colaboración en una revista, sino por ir a una mesa redonda, participar de un programa televisivo, ir a fiestas, a vernisages.

¿Cómo te organizás para escribir?
Me levanto a las seis, me preparo un té, bajo las noticias en la compu -a veces ni siquiera las bajo-, y empiezo a escribir mientras amanece. Si logro laburar desde las seis hasta las once de la mañana ya tengo cinco horas. Paro un rato al mediodía, salgo a caminar, almuerzo, después de almorzar corrijo otro poco, me tiro un rato, me levanto, sigo corrigiendo, reescribiendo y a la noche le pego otra embestida. Entonces, cuando yo cuento el tiempo de producción por ahí tengo jornadas de catorce horas de escritura pero sin sentirlo, no son catorce horas que me puse corridas. Esto te lo impone también no sólo la escritura, sino el estar metido en una novela. Una novela alcanza un punto en que te absorbe y tenés que vivir en función de la escritura. No podés entrar y salir, entrar y salir, como en un cuento. En una novela tenés que quedarte.Porque si te tomás vacaciones cuando volvés los personajes te miran preguntando ¿y éste de donde viene?

 ¿Qué  necesitás para escribir?
           La verdad es que un escritor, como decía Faulkner, necesita muy poco: un poco de whisky, un lápiz, un papel, tabaco: No mucho más. Esto debe parecer como un voto de austeridad pero a mí me funciona.

¿Está relacionado con el hecho en sí de ser escritor o con una madurez donde uno se va dando cuenta de que va necesitando cada vez menos cosas para vivir?
De pìbe quería ser maestro, no te digo que maestro rural, pero le pegaba cerca. Mi sueño era irme a vivir a un campo, a un lugar desolado y tener así un trabajo medio solitario. Pero la vida me fue llevando, por imposiciones familiares, hacia el bachillerato y otros estudios. Cuando a los veinte descubrí la Patagonia a través del servicio militar -que no fue precisamente una Patagonia de turismo – fue como colimba en Junín de los Andes en el año del Cordobazo. Un año particularmente duro. No obstante me enganché fuerte con el lugar. Un lugar al que habría ido a vivir muy gustoso. Con el correr de los años elegí Villa Gesell y sigo viajando a la Patagonia ya sea porque me invitan a dar charlas o a ferias del libro. En el camino te sorprendés en esos parajes donde hay una estación de servicio, un ranchito donde venden ginebra, fideos y yerba y hay dos perros muertos de frío. Y los camiones que pasan cada tanto. Eso tiene algo del orden, a ver, como te lo podría decir, de la internación en un monasterio.Una vez hubo una tormenta feroz, mucha nieve, se suspendieron los vuelos, se bloquearon las rutas,  y me tuve que quedar varado unos días. Me acuerdo que yo la pasé fenómeno leyendo los diarios de Kafka. Es decir, tenés un libro, un cuaderno y un lápiz y la poca gente que te rodea. Todo puede ser fascinante, si estás dispuesto a que la realidad lo sea, claro.

¿Lectura obligada, Kafka?
Sí, una lectura obligada. Ningún escritor te humilla tanto como escritor como Kafka. Tiene toda esa obsesión con la palabra, con describir esa relación entre la palabra y el cuerpo, de encontrar una palabra que lastime, una palabra como hacha,  una palabra que sea la verdad. Hay toda una concepción, te diría casi mística, de la escritura en Kafka.

¿Cómo son las ferias del libro en el interior?
En el interior son como kermeses de barrio, donde la relación con lo cultural tiene un sentido muy distinto del show off y del marketing. La gente que vive en estos lugares tiene una relación con la palabra y con el libro que es distinta a la que tenemos nosotros acá. Lo mío no es la idealización del sujeto urbano, pero acá somos como gordos, somos como obesos, nosotros no leemos, comemos hamburguesas literarias. En cambio en el interior, valoran mucho más lo que tienen no sólo por la escasez de recursos sino, porque la relación con el libro es más solidaria. Puede parecer demagógico esto que digo con respecto al interior, pero si vos pensás en nuestra literatura, es cierto que Dios atiende en Buenos Aires, pero también es cierto que todos nuestros grandes escritores provienen del interior. Pavese decía que toda verdadera literatura, toda literatura con nervio, es una literatura provinciana.  Puig viene de Villegas, Tizón  de Jujuy, Antonio Di Benedetto de Mendoza, Castillo de San Pedro, Briante de Belgrano, Dal Masetto de Salto, Walsh de Choele, Tomás Eloy Martínez de Tucumán, y sigue la lista. Creo que hay una relación con la naturaleza, con la formación y con el solo libro que tenés para leer. El escritor urbano está como cuando ya los antibióticos y las vitaminas no te hacen nada. Yo te desafío: vamos a la librería de acá del shopping donde la oferta es monumental. Lo más probable es que termines comprando algo que no necesitás. Algo que no te cambia leer.

¿Y la Feria del Libro de Buenos Aires, cómo es?
Es la Feria de los editores y de la gente del negocio del libro. No es una actividad sino promocional de los escritores en función de su venta. Eso del autor al lector: minga. Los autores van, pero como visitadores médicos de un laboratorio. Van a decir las bondades de su producto, entonces aparece un promotor que te dice: “Digamé usted que escribió esas bonitas páginas...” y vos, ponés cara de sí, afirmativo. Y el que gana es el editor. Esto es así. Si te invita la Feria en lugar de la editorial en que publicás, es también un equívoco. Eso no tiene nada que ver con la literatura. La Feria del Libro está relacionada intrínsecamente con el consumo, con los negocios del libro y la industria del libro. Y responde a una idea conservadora de la cultura. Una idea que lo integra a uno a un Parnaso oficial. Y detrás esta idea tiene, como soporte, a un gran comercio.

Vos ganabas muy bien en publicidad, fuiste director creativo de las agencias top, ganaste premios Clío... 
Sí, pasé por varias agencias, pero creo que cuando trabajás en la publicidad, sos un cuadro del sistema. Si querés progresar te tiene que interesar la guita lo suficiente como para querer tener una agencia, lo que no es tan sencillo. La publicidad tiene un ritmo de merca tan enloquecedor que te la pasás escabiando y falopeándote. Viví años de la publicidad, lo que me permitió también solucionar algún tipo de problema económico familiar, pero siempre estuve tratando de irme.

¿Qué diferencia notás con  los creativos de hoy?
En la época en que yo estaba en publicidad estaban: Trillo, De Giovanni, Guinzburg, Abrevaya, Dolina, Sanzol, directores de cine como Jusid, Fisherman, Antín. No era una actividad ortodoxa como ahora. Encontrabas escritores, músicos, directores y pintores. Digamos que esto fue así hace décadas. Y nadie era creyente. Hoy los pibes son creyentes en la publicidad. Son cruzados del sistema. Antes, en cambio, estabas en la publicidad ganándote el mango mientras escribías un libro o hacías una película. En la época de la dictadura la publicidad fue un escondite. Una vez a Guinzburg le preguntaron donde se exilió en la dictadura y él contestó: “Como muchos me exilié en la publicidad”

Vos también te exiliaste en la historieta.
Trabajaba en publicidad y también escribía guiones de historietas. Que me gustaba muchísimo más que redactar avisos. Porque en la época de la dictadura no había donde publicar. Mi primer libro de relatos iba a salir en la editorial Siglo XXI, pero me llamó el editor tres días después de haberme dicho que iba a sacar el libro para que fuera a buscar los originales porque había caído la Triple A. Seguí escribiendo historietas, seguí por ese lado. Porque es un género que me apasiona. De pibe pintaba, quería ser artista plástico, y con la historieta complementé el dilema de la imagen con la palabra. En la época de la dictadura colaboré también en la revista Humor que era lo que se podía hacer, pero no había mucho más. Fue muy enriquecedora la amistad que tuve con Carlos Trillo cuando trabajamos para Italia, para la revista Skorpio, para  Superhumor. Escribíamos, Trillo más que yo, para dibujantes como Breccia, Trigo,  Mandrafina. En aquel momento, la historieta, como era un género considerado menor, estaba menos observado por la censura de lo que podían ser géneros más tradicionales como la novela, la literatura, el cine. Con Trillo íbamos tensando la cuerda con las tramas. Hoy, uno ve eso que hacía y suena naive, pero en su momento era osado. No obstante, cero heroísmo.

¿Y además escribías?
Trabajaba como un bestia: por un lado era redactor publicitario y por otro escribía cerca de quince guiones de historietas por mes y además, estaba escribiendo una novela. Eso te da un oficio, te da una gimnasia. Tal vez así te esté explicando de dónde me viene la disciplina. Yo puedo escribir en medio de un quilombo, en medio de un estadio de fútbol o en el medio de la calle. Una vez que aprendiste a escribir en una redacción o en una agencia de publicidad ya podés escribir en cualquier lado.

¿Cuándo decidís ser escritor?
Es muy dificil explicarlo así, porque la situación se fue dando por decantación. Me fui apartando. A partir del 84 cuando sale mi primera novela me dan ganas de mandarme con todo hacia la literatura. Y me fui haciendo escritor, pero nunca me lo tomé como un apostolado. Me lo tomé más como un oficio.

¿Cómo pasaste la dictadura?
Como muchos, tengo amigos desaparecidos, asesinados. Es un tema del que me cuesta hablar a veces. Por ahí se necesita que pasen años para hablar de esto sin el oportunismo de victimizarse. Viví la dictadura con esa opresión que padecimos todos los que no nos rajamos. Me pasó lo que a tantos. Desde haber guardado en algún momento gente que estaba perseguida hasta andar aterrado mientras la mayoría festejaba el mundial ’78. Alguna vez tuve amenazas. Y si bien un editor de comics me ofreció trabajo en Italia, no me fui. Yo tenía a mi padre enfermo y por otro lado ya era padre de una hija. Me partía  no ver a mi hija y me partía no volver a ver a mi padre. Pude haberme ido. Es curioso el grado de inconciencia que teníamos algunos entonces. Andar fumado por la yeca y pasar una barrera de canas. Sabía que estaban desapareciendo gente, sabía que estaban los milicos torturando, pero, por momentos, como yo estaba tan en pedo o me daba con tanta pasta, atravesaba el peligro dado vuelta. Creo que el terror funcionaba en uno estimulando ese grado de autodestrucción.

¿Te enfrentás a la página en blanco?
El problema no pasa por la famosa página en blanco. Los escritores que me marcaron son escritores que se ganaron la vida con la escritura. Dostoievski, Chéjov, Scott, Cheever, Carver, eran tipos que escribían para ganarse un mango porque tenían que pagar cuentas y tenían una familia, y tenían gastos, es decir, la relación con la escritura es una relación doble con el alimento. En superficie, con el alimento espiritual. Y más en concreto, con el dinero. La escritura está mucho más conectada con la noción de trabajo que con la noción de arte, de gratuidad, de decoración, del acto caprichoso de “yo soy genio moderno”. Los escritores deben cobrar por lo que hacen. Que los escritores no podamos vivir de lo que hacemos es otra cosa.

¿Por qué no se puede vivir de la literatura?
Porque no alcanza la guita que te da un libro. Un libro te puede llevar dos años, tres, cuatro, cinco y lo que vas a percibir por ese libro no sé si es equivalente a un sueldo mensual. Son contados los escritores que pueden vivir de la literatura. Los escritores que yo conozco, desde Feinmann a Forn, desde Fresán a Belgrano Rawson, no viven solo de su literatura, dan talleres o trabajan en periodismo. Me acuerdo cuando se comentaba con envidia que Soriano ganaba mucha guita. A ver: ¿cuánto es mucha guita? A ver, porque la guita que el Gordo recibía por una novela considerando el tiempo que le llevaba, que eran tres años, si vos la prorrateabas como si fuera un sueldo, era el sueldo de un docente. Soriano escribía para un diario italiano, para el cine, para Página/12. No paraba de trabajar. Por supuesto, cuando recibía toda la tela por un libro junta por ahí le daba como para comprarse un auto. Pero no para lujos. En mi caso, coordino un taller de narrativa, escribo reseñas para Página/12, hago algunas colaboraciones periodísticas y cada tanto unos guiones de historietas.  

¿Cómo se distingue la buena literatura de la mala literatura? 
Es difícil responder esto porque uno corre el riesgo de pontificar. Yo soy bastante desprejuiciado. A mí me parece que lo que cuenta en primera instancia es el gusto. Si te gustó de entrada el libro o no te gustó. Porque un libro te debe dar placer, te debe seducir, te debe atrapar. Ahora, además del placer y del gusto - que es ideológico - tiene que haber algo más. La buena literatura es aquella que no solo te entretiene y te tiene agarrado con una buena historia, sino que también te deja algo. Puede parecer muy decimonónico, pero  creo en el mensaje. Una novela, un cuento, te debe dejar algo. Y también con ganas de ser mejor.

Mucha gente que lee a Bucay o a Coelho, dicen que les deja algo. ¿Es ésa buena literatura?
Es que están condicionados por el sistema para leer eso. Pero yo no sería tan taxativo en despreciarlos. Ya que alguien se ponga a leer un libro implica un gran trabajo. Yo sé que Harry Potter es lo que arrasa, pero cuando ves los pibes que van y lo siguen me veo a mí mismo como cuando era pibe y compraba El rayo rojo, para mí fue un paso para llegar a otra cosa. Por supuesto, gran parte de la literatura que se vende es funcional al sistema, pero hay que pensar que el libro no se puede aislar, no se puede desprender de la sociedad capitalista en la cual está inserto. Termina siendo un producto. Acá se trata de una situación de hecho y una situación de derecho. Todos tenemos derecho a acceder a la cultura. Pero no todos pueden. Y el poder dicta las reglas. Es determinante en este aspecto. El poder impone una idea de la cultura. Canoniza, regla, impone. Y los medios, que son del poder canonizan tanto escritores como instituciones. Como puede ser El Malba. ¿entendés? La cultura es el Malba. La cultura es el suplemento literario.

¿Cualquiera puede ser escritor?
Yo creo que la literatura no es para todo el mundo. Y no tiene por qué serlo. A la vez esta sociedad te condiciona para que tengas acceso a determinadas expresiones y no a otras. Esta sociedad te condiciona para que consumas televisión, no para que leas. En una sociedad justa todos deberían tener acceso a la buena literatura. Y la posibilidad de elegir si te gusta o no. Pero no hay ninguna sociedad que sea justa. Escribir es un laburo, te tenés que poner y de golpe vos estas metido en esto y no tenés para pagar la luz. No, no creo que la práctica literaria sea para todo el mundo. Mucha gente piensa -uno se da cuenta después de años de dar taller- que porque se separó ahí tiene la novela de su vida, cuando una separación es lo más rutinario que hay, o porque  metió un cuerno siente que el suyo es un heroísmo romántico tremendo cuando sabemos que el adulterio es la mas banal de todas las transgresiones burguesas. No, la literatura no es para todo el mundo.  ¿Sabés por qué? Porque con la literatura vos la podés pasar muy bien, pero tambien a la literatura uno tiene que dedicarle un tiempo completo. Y se termina convirtiendo, además de en un trabajo, en un vicio. 
 
¿Porque se sufre?     
George Steiner contaba en un reportaje que él estaba dando clases en norteamérica  en una universidad y una madrugada lo llamó un alumno de otra universidad. Llorando lo llamaba el alumno. Llorando porque había terminado de leer una novela de Dostoievski. Y le preguntaba al profesor: ¿Por qué? Toda una pregunta. La anécdota sirve para ejemplificar. Entonces la literatura, para mí, tiene que cumplir una función: hacerte sentir incómodo con el mundo. Aún la historia más entretenida te tiene que hacer sentir incómodo,  te tiene que cuestionar. Uno no escribe porque está todo bien, porque si está todo bien uno no escribe.

¿Que no esté todo bien responde al modelo de escritor torturado?
No, no creo en el escritor torturado. Creo en el sufrimiento y en el resentimiento a veces como motor, pero no hay que convertirlo en dogma.Yo escribo con mucho placer. Y me jode cuando no puedo escribir por distintas situaciones:  porque tengo que ocuparme de una cosa que me saca. Pero ni ahí me va lo de ser un torturado. Para mí un gran escritor es Roberto Fontanarrosa. La suya es una actitud de escritor que me gusta. El Negro disfruta con lo que hace. Y al leerlo notás que sus cuentos fueron escritos con felicidad.

¿Es fundamental haber estado en un lugar, o haber vivido determinada situación  para escribir acerca de eso?
Si vos tomás determinados textos concentracionarios del siglo XX - que fue el siglo de los campos de concentración-, frente a determinados textos como los de Primo Levi, uno no tiene otra reacción que la vergüenza por la especie humana. Esos textos fueron escritos desde la desolación, desde el sufrimiento más absoluto. A mí me parece que uno tiene, como escritor, en la medida que construye ficciones, libertad para imaginar lo que quiera y recrear los paisajes, las sociedades y los universos monstruosos que quiera pero creo que frente a experiencias tan inmediatas como han sido los campos de concentración,  ¿cómo ficcionalizarlos?  Los testimonios de las víctimas tienen una potencia que reduce la ficción a ornamento. Yo puedo asumir literariamente la subjetividad de un  profesor de literatura, octogenario, homosexual, cabecita negra, algo populista, simpatizante del peronismo, de las luchas obreras y puedo ponerme en ese personaje bajo las bombas del ‘55. Pero no sé si  puedo ponerme en la piel de quien estuvo en un campo de concentración. Cuando leo un texto como Poder y desaparición de Pilar Calveiro, yo ahí me freno y digo aquí está este testimonio: no puedo decirlo mejor. Uno debe admitir que hay temas que no puede encarar, que le quedan grandes.  Busco explicarme: estaba escribiendo sobre la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre. Busqué documentación aún cuando no la necesitaba. De hecho yo me acuerdo de la toma de ese frigorífico porque mis tíos que vivían  en la calle Araujo, en Mataderos, trabajaban en ese frigorífico y participaron de la toma. Y tengo imágenes de cuando era pibe. Yo nací en el ‘48, en el ‘59 tenía once años y me acuerdo de esas imagenes, me acuerdo de los despliegues de tropas. Entonces, sobre eso puedo escribir porque forma parte de alguna manera de mi experiencia. Yo no estuve en la Plaza de Mayo en el bombardeo del ‘55, pero conozco gente que ha estado y trabajé con esos testimonios y además de pibe vi pasar los aviones por arriba de casa ametrallando el Parque Avellaneda en alguno de esos tantos cuartelazos que hubo en la época de Frondizi.

¿Esto alude a lo que Carver cuenta le decía su padre: “escribí sobre lo que sabés”?
Por lo pronto, conviene tener en claro que uno va a contar aquello que supone que sabe. Lo que ocurre es que después, el mecanismo, el proceso de escritura te enfrenta con lo que ignorás y te das cuenta de que en realidad lo que estás haciendo con la escritura es averiguar. Es ahí donde la literatura cobra valor, porque es mucho más importante aquello que se pregunta que aquello que se da por sentado. Ahí se arma otro intríngulis en nuestra literatura. Si pensamos nuestra historia literaria desde 1810 a la fecha comprobamos que la nuestra es una literatura joven. No tenemos a Sófocles, no tenemos a Cervantes, no tenemos a Rabelais. De eso no hay. Pero tenemos  una ventaja que es la libertad para operar con los géneros. El Facundo que es nuestro texto fundador, es un texto que lo podés colocar en el estante de ensayo, en el de pensamiento político, en el de ficción. Facundo es todo eso. El Matadero, de Echeverría, que también es un texto fundante dentro de nuestra literatura es un cuento, pero también es un  alegato político. Y  también es una crónica periodística. Si uno va a pensar en los orígenes, tiene mas libertad de la que imagina y en nuestro caso, en una literatura tan joven como la nuestra, uno tiene libertad entera para jugar con los géneros. Pedro Orgambide, un escritor del que fui amigo los últimos años, que no figura en el canon académico pero es un escritor que con el tiempo va a ir ocupando cada vez mas espacio, me contaba que el había estado en el bombardeo de la Plaza de Mayo porque él fue a cubrirlo como periodista. Para mí estos testimonios son vigorosos. Y tengo una cierta distancia frente al material. De eso puedo escribir. Pero sobre un campo de concentración no me animo.

¿Qué escritores te marcaron?
El otro día estaba ordenando los estantes de la bibloteca, y me di cuenta de que tengo todo Hemingway, Scott Fitzgerald, Pavese, Chejov, Conrad, Babel, por ejemplo. Y me daba cuenta de que manera se disponen los libros para el trabajo o para tu reedición del trabajo. Cuando no sabés como resolver una situación yo creo que es muy saludable ver como resolvió esto o aquello tal escritor. Me pasa también con el cine: cuando  escribía La lengua del malón, yo venía leyendo testimonios de la conquista del desierto. Esther Cross y Leopoldo Brizuela me habían pasado mucho material, pero había un momento en que yo, además del material necesitaba otra cosa y en un momento determinado encontré un ensayo de Lindsay Anderson sobre John Ford. Digo, si yo he escrito historietas y yo me formé viendo westerns ¿cómo no voy a poder escribir uno donde el ejército le entra a los indios?

¿Cómo ves el aporte de Rodolfo Walsh en esa cruza entre periodismo y literatura?   
Lo interesante en Rodolfo Walsh es cómo piensa un escritor y como procede ante sus materiales. Cuando hace periodismo, hace literatura. Esto es lo fenomenal: no plantea una diferencia. Por qué no encarar el periodismo con los mecanismos de la literatura, por qué no hacerlo. Un cuento como  Esa mujer, de Rodolfo Walsh es un ejemplo. Es un texto periodístico formidable, pero además es una pieza literaria notable.

¿Qué estás escribiendo ahora?
 Tengo in progress, como se dice, la revisión de un libro que había publicado a mediados de los 80, Roberto y Eva y se me ocurrió ver si puede trabajar en ésta el profesor Gómez, un profesor de literatura, que tan ameno resultó en  mi última novela La lengua del malón. Me parece que es piola eso de que la teoría literaria no es sino teoría política y si vos podés lograr contar a través de la teoría literaria las contradicciones de este país, vale. Porque la narración se vuelve una lectura de discursos y de contenidos. Esto en términos de intención, pero lo que me interesa siempre es contar una buena historia. Si no tenés una buena historia de nada te sirve todo esto. En verdad quiero reescribirla toda esta novela. Va  a salir en septiembre con el título cambiado. Se va a llamar “El amor argentino”. Tengo también esperando un libro de cuentos El pibe, con historias de iniciación y barrio. Y además estoy componiendo un libro con críticas y reseñas.  Tengo también una novela ahí inconclusa, una novela sobre los 70, La partera de la historia, con  una chica que busca su pasado en la Patagonia. Este verano terminé de escribir la primera versión de una novela con un oficinista de una Buenos Aires de un futuro próximo, un relato que quiero que tenga ese aura Baterbly, El capote. Es una novela bastante rusa y por eso va a llamarse La Perspectiva Nevski. A mí me calma esto de saber que tengo trabajo para cuatro o cinco años.

¿Trabajás con todos al mismo tiempo?
No, no. Ahora terminé un primer borrador de esta novelita  del oficinista, y pasé a “El amor argentino”. Cuando salga ésta, vuelvo a La Perspectiva Nevski. A veces puedo escribir un cuento al costado de una ficción larga, pero a mí me gusta esto de tener un cronograma de trabajo armado. Tengo una percepción tal vez medio proleta de la literatura, que hay que laburar todos los días. Pienso que si no laburaste no merecés el pan que comés al mediodía. Esto es así: si yo hoy trabajé, me siento a comer en paz con la conciencia.

¿A quién le mostrás tus primeros borradores?
El primero en leer lo que escribo, casi siempre en borrador, es mi amigo el Francés, el arquitecto Carlos Cottet que vive allá en Villa Gesell, dueño del hotel Arco Iris donde solemos reunirnos los amigos. El Francés Cottet es siempre mi primer lector. Además de ser un militante exilado en la dictadura, es un arquitecto creador, un tipazo de una percepción formal única. Yo le paso textos y él me dice si la pifio o no, si lo que describo es así o no es así.

¿Se sale escritor de un taller o de la carrera de Letras?
No, de la carrera de Letras se sale técnico. Y tampoco ningún escritor sale de un taller.  Un escritor puede pasar por un taller. Un taller es un itinerario que uno puede hacer pero no te va a dar aquello que vos no tenés. El taller te puede aportar en términos de encontrar una voz, un registro, orientarte en las lecturas. Los buenos talleres son aquellos donde no prima el interés del que da el taller sino el interés del que está buscando una manera de contar. Creo que la carrera de Letras, -yo fui estudiante de  Letras, lo aclaro - a mí me dio elementos, pero de ninguna manera me hizo escritor. Ya escribía cuando llegué a Letras. Empecé a publicar historietas poco más tarde, mientras cursaba. La cuestión de escribir narrativa pasa por otro lado: la platea o el ring.

¿Qué tiene de atractivo la  escritura?
Lo que tiene de maravilloso la escritura es que nadie te pidió que escribas lo que estás escribiendo. Vos no sabés cuando lo termines, si lo que hiciste -que seguro no va a estar a la altura de lo que vos esperabas que era- lo vas a poder publicar. Te puedo mostrar informes editoriales de rechazo de mis libros. Conservo uno escrito en la jerga de la carrera de Letras. La carrera te puede enseñar cómo no se escribe una novela. Pero no puede enseñarte cómo escribir una. En este sentido yo creo que los narradores están cometiendo un acto contra natura. Estás haciendo algo que nadie te pidió. ¿A quién puede calentarle esto que estoy escribiendo sobre la toma del frigorífico Lisandro de la Torre?

¿Cuál es tu mayor deseo en la literatura?
Que algún día cuando mis hijas me lean, desde la tumba no tenga que sentir ningún arrepentimiento por lo que escribí. No escribir una sola línea que pueda darle vergüenza a mis hijas.

¿Seguís siendo un pibe de barrio?
Yo creo a veces que nunca  me fui, como decia Troilo. Pero también pienso que lo mejor que te puede pasar en el barrio es irte. Yo no volvería jamás a vivir en el barrio mítico por que uno ya es otro. Voy a la casa de mi vieja, me gusta ir. El barrio cambió, no es aquel barrio, ahora hay asfalto, los vecinos son otros, las casas arregladas. El barrió cambió, sí. Pero más cambié yo. 

         ¿Es Gesell tu lugar en el mundo?
No se me ocurre vivir en otro lugar que la Villa. Creo que no podría sino vivir allá. Lo que pasa es que necesito venir cada tanto acá. Pero me gusta venir, ver a mis hijas, a mis amigos, caminar por la ciudad un fin de semana. Ser abuelo también hace que venga mas seguido y con mejor humor porque la vengo a ver a Lola,  mi nieta.

¿Cómo ves a tu generación?
Nuestra generación se bancó la dictadura, se chupó todo, se drogó. Toda una generación diezmada, perseguida. El terror, el exilio. Nos tocó todo en contra. Yo no me imaginaba que iba a llegar a los cuarenta, no me imaginaba que iba a llegar a los cincuenta y ahora voy a cumplir cincuenta y seis. Agradezco haber sobrevivido en un país con la dictadura que sufrimos. Estar vivo, en nuestra generación, es un milagro. Y si te  toca el milagro de vivir para contarla, tenés que contarla.




El narrador Paz

De Ayacucho es el Gaucho Miguel Paz. Desde pibe que vive acá en la Villa. En este edificio a media cuadra de la playa. Su mujer, Analía Belén, es la encargada del edificio. Ellos son mi familia acá. Hay sábados en que almorzamos viendo domas en el canal rural.  Pero aunque se hizo de este lugar, Paz no puede olvidarse de Ayacucho. Y conserva esa forma de contar campera. No se le escapa el detalle en lo que cuenta. Te describe rápido un personaje, una situación, un clima. De pronto se frena. Hace una pausa, establece un silencio, un suspenso. Y después precisa más detalles y así, como corrigiéndose, perfeccionando la frase, termina de redondear un concepto que hace tanto al personaje como a la historia. Hay una experiencia en lo que cuenta. Ese fraseo que sólo viene de un afán de retener  la memoria. Porque esos detalles que no se le escapan provienen de una observación minuciosa. No se le escapa ni un gesto ni una helada ni un ladrido. Hace años que nos hicimos amigos con Paz. Boliches, asados, unas cañas de mostrador. Paz trabaja en una carnicería, en un vivero, en lo que pinte. Tiene un hijo, Martín, al que le enseña a montar un petiso. Lo enorgullece ver al gauchito con los aperos, aprendiendo cosas de campo. Por eso uno de sus orgullos es una foto con Larralde y el gauchito. A veces, en la madrugadas de invierno, mientras escribo, el Paz viene a tomarse un trago. Y sin saber qué estoy escribiendo se da cuenta de si estoy embalado o no con la escritura. Estás apurando, me dice. O: Dale tiempo. También: No lo apurés al cuento. Me gusta esa forma de encarar una historia que tiene el Gaucho. Me enseñó a reparar en el detalle. Y el detalle es el tiempo que precisa una narración.  El tiempo que está en un almacén de Macedo, acá cerca.

Villa Gesell, junio del 2004